::122:: ANTOLOGÍA 2024 —Lo hice —respondió y con un poquito de ironía agregó—, pero nunca dije que fuera para siempre. Durante su ajetreada vida, Primitivo ha obedecido a diversos sobrenombres. El primero fue “Ivo” como lo llamaban sus padres. El segundo que tuvo fue el que le pusimos cuando chico en la escuela. Lo llamábamos “Semáforo” por la pigmentación rojiza de su nariz. Más tarde se hizo conocido como “El Ciego” por sus ojos grandes y saltones, y de ahí en adelante siempre ha respondido al mote de “El Escabeche” por su apego entrañable al alcohol en todas sus variedades, aunque siempre ha declarado que, cada vez que puede elegir, prefiere el más fuerte. Nunca he olvidado aquella vez en que estuvimos a punto de trenzarnos a combos con Primitivo en el patio del colegio; casi volaron plumas entre ambos. Teníamos siete años, íbamos en segundo básico. Apareció un amigo de Primitivo que iba en cuarto y la arremetió conmigo. Estaba a punto de pegarme, pero llegó mi hermano, que iba en quinto, y me defendió. Sin embargo, no alcanzó a hacer mucho cuando llegó otro compinche de Primitivo que iba en sexto y se fue contra él. Todo concluyó cuando un inspector puso fin al conato, en el cual Primitivo y yo pasamos en pocos minutos de púgiles aprendices a meros espectadores de una pelea que no llegó a ser nuestra. A los trece, cuando estábamos por terminar la escuela, Primitivo solía visitar una sala de taca-taca que estaba a medio camino entre su casa y la escuelita de Putre. En un par de años, había jugado tantas veces que llegó a convertirse en un experto del taca-taca. La modalidad de juego era “el que pierde, paga”. Su maestría le permitía jugar prácticamente gratis, ya que casi nunca perdía. A tanto llegó su autoconfianza que un día se atrevió a desafiar al loco Pedro, un muchacho mayor que él, tanto en años como en estatura, que también frecuentaba esos juegos y tenía fama de campeón. El loco Pedro le advirtió: “si no tienes plata para pagar después de que pierdas, te vas a ir de combo”. Primitivo le aseguró que sí tenía, aunque, a decir verdad, nunca llevaba dinero a aquel lugar, ya que se había acostumbrado a jugar a costa de sus adversarios. Sin embargo, aquella vez ocurrió algo distinto. Llegaron a estar empatados dos a dos y la última pelota fue muy disputada. Lamentablemente se embocó en su propia portería, y como no pudo pagar el juego, se ganó un fuerte gancho al mentón que lo dejó viendo literalmente estrellitas durante tres minutos. Nunca olvidó esa anécdota ni yo tampoco. Cuando alguien lo recriminaba por la licenciosa vida que llevaba, solía contar la experiencia que tuvo cuando acompañó a su padre a la consulta del practicante de Putre. Ese día pudo escuchar cuando el sanitario le dijo: —Los exámenes indican que su enfermedad no tiene remedio. Tiene que acostumbrarse a vivir así. Su padre pagó los diez mil de la consulta, pero nunca entendió por qué el practicante le cobró si no le dio ninguna solución a su mal. Las vueltas de la vida llevaron, meses después, al aprendiz de doctor al taller de reparación de calzado de su padre con unos mocasines italianos que tenían gastada la suela. Su padre, luego de examinarlos por todos lados, le dijo: REGIÓN DE ARICA Y PARINACOTA
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