ANTOLOGÍA 2024

::121:: HISTORIAS CAMPESINAS Las desventuras de Primitivo Choque Hernán Chávez Cabello Tercer lugar regional Arica 69 años Desde que lo conocí en la escuelita rural de Putre, seguí, a veces de cerca y otras de lejos, lo que podría llamar, su carrera en la universidad de la vida. A Primitivo Choque, de tiempo en tiempo, siempre le acontecía alguna desgracia. Es un abnegado mortal que hoy ronda los cincuenta años. La primera desgracia fue la pérdida de sus padres a temprana edad. A lo largo de su vida desempeñó varios oficios y en ninguno de ellos estuvo exento de desdicha. Cuando se hizo pastor de cabras y ovejas en Belén, un día lo atropelló una moto altiplánica y casi pierde un pie. Después fue domador de perros en Socoroma y un can desobediente le arrebató parte del meñique de su mano izquierda. Antes de todo aquello, se las dio de boxeador en un bar de Zapahuira y un golpe artero de un contrincante le hizo decir adiós a sus incisivos. Todo esto sin olvidar sus nobles oficios de mago popular, alfarero, garzón y vendedor de dulces que tuvo que dejar en contra de su voluntad. A menudo, cuando está con sus tragos, recuerda aquella trágica tarde de febrero en la que su padre ingresó a las gélidas aguas del Lago Chungará por enésima vez. Aquello nunca había intimidado a su progenitor, menos aún si previamente se había abrigado por dentro con un buen cocoroco de ochenta y seis grados de alcohol. En esa condición, como tantas otras veces, entró a bañarse en el lago. Desde la orilla, con una mezcla de temor y admiración, su pequeño hijo, Primitivo, no dejaba de mirarlo. La cabeza de su taita6 pareció lidiar largo rato para quedar por encima del nivel de las frías aguas que apenas movía el viento hasta que, abriendo sus fauces, se lo tragó para siempre. A solo tres años de esa infausta tragedia, su madre siguió el mismo camino al cielo, pero de rebote, según contaba Primitivo, porque primero se fue a tierra cuando se precipitó accidentalmente desde la cumbre del Cerro Pasco donde había ido a buscar unas ovejitas que se le habían perdido. Cierta vez, cuando estaba viviendo en Molinos, en su casita de adobe, no sé si con un genuino deseo de cambiar o en un notable acto de simulación, decidió enterrar todas las adicciones que lo aquejaban. Él era un fumador y bebedor empedernido, mujeriego y jugador por añadidura. Cavó un hoyo en el patio de tierra de su vivienda a la que me había invitado y echó allí una cajetilla desocupada de cigarrillos, una botella vacía de vino, una foto de cierta mujer y un juego de dados. Y entonces dijo con firme resolución: "¡No me volverán a lastimar!" y tapó el agujero. Al ver aquello me alegré de verdad, pero solo dos días después, de nuevo estaba fumando y tomando. —¿Qué pasó, que no habías enterrado todos tus vicios? —le pregunté. 6 Taita: para referirse al padre (nota de la edición). REGIÓN DE ARICA Y PARINACOTA

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