::123:: HISTORIAS CAMPESINAS —Mi análisis me indica que, definitivamente, su calzado no tiene arreglo, doctor, tiene que acostumbrarse a caminar así. Me debe diez mil. Cierto día en que nos encontramos en las calles de Putre ocurrió un episodio que lo retrataba de cuerpo entero. Me pidió prestado algún dinero, como de costumbre, para apagar la sed. Hice algo mejor, lo invité a almorzar al restaurante que fue de mis padres y que ahora administro yo. Al llegar frente al establecimiento, Primitivo reconoció el lugar como el negocio del hombre al que robó su camión y al cual atropelló en la carretera. Me dijo: —Yo no entro aquí, compadrito. Le hice mucho daño al dueño de este lugar. Le expliqué que no se preocupara, que el hombre hacía un par de años que había muerto. —Sí, pero sus familiares no me perdonarían nunca, agregó. —No te preocupes, Semáforo, yo soy el hijo de aquel hombre y nunca te he guardado rencor. Al oír esto, Primitivo inclinó su cuello y rompió a llorar como un niño. Tuve que calmarlo con un buen vino navegado. El resto de la tarde estuvimos recordando juntos nuestros años de escuelita rural. De vuelta a casa, nos fuimos caminando por la calle principal con mi amigo del alma y casi al llegar a la esquina que da con una calle secundaria, divisamos a una limosnera sentada en el suelo, a unos diez metros de nosotros. —¡Cómo me indigna ver estos casos de extrema pobreza! ¿Tienes una moneda? —dijo mi amigo abriendo su palma y apuntándola hacia mí. Raudamente le facilité no una, sino dos monedas. Al pasar por el lado de la pordiosera, Primitivo regaló el dinero a la humilde mujer y unos pasos más allá, comentó: —Siempre me ha gustado ser generoso con los pobres. Después de aquello, el resto del día me quedé pensando en la verdadera fuente de su generosidad. Aunque me causa cierta nostalgia recordar estas anécdotas de aquel que conocí de potrillo, lo sigo apreciando a pesar de verlo ahora, después de tantos años, deambular por los pasillos del terminal del agro vendiendo baratijas y arrastrando lastimosamente sus pies, o lo que queda de ellos, como si fuera un lobo marino a punto de expirar. Si bien ha sufrido todo tipo de calamidades físicas y emocionales, el consuelo, para los que lo conocemos y lo queremos, es que el resto de su humanidad la sigue conservando intacta y muy viva en alcohol del fuerte. REGIÓN DE ARICA Y PARINACOTA
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