94 El Mandinga HISTORIAS DEL DIABLO EN LA ZONA CENTRAL DE CHILE También se han escrito libros que describen las andanzas y amoríos del diablo en Alhué que no hacen más que ocultar una realidad mucho más cruda. ¿Cuál será el origen de este imaginario local? Pues bien, en mapudungún, Alhué significa “alma de los muertos” o “lugar de espíritus”, lo que justificaría las creencias y tradiciones sobrenaturales que se mantienen vivas en esta localidad donde el diablo es, prácticamente, un vecino más. Es muy posible que existan tantas leyendas sobre este personaje como cantidad de habitantes, y el desafío consiste en encontrar personas dispuestas a relatarlas, porque la norma es evitar hablar del tema. Seguramente, esto sucede por el natural manto de desconfianza que impide a los nacidos y criados compartir parte de ese patrimonio con afuerinos, o tal vez, porque creen que la sola mención del personaje es una manera de invocar su presencia. Si bien esa actitud es generalizada, también existen excepciones. Este es el caso de la señora María Elena Fuenzalida, encargada del museo y una verdadera adelantada en el arte de la conversación. Para ella, las historias sobre el diablo no son simplemente leyendas. En una entrevista comenta que en la actualidad, en Alhué, ha aumentado de forma considerable el número de suicidios juveniles —algunos de ellos en extrañas circunstancias—, y opina que esto se debe a que el diablo continúa cobrándose con almas la riqueza que puso a disposición del pueblo en el pasado, producto de la explotación de la minería del oro. La señora María Elena también tuvo la amabilidad de guiarnos hasta un cerro ubicado en los deslindes de la Hacienda Loncha, en las afueras de Alhué. Luego de algunos metros de ascensión, se llega a un mirador que ofrece una magnífica vista del valle y en la roca se pueden observar las denominadas “huellas del diablo”, consistentes en pequeñas hendiduras, similares a patas de cabra grabadas en la piedra, que serían fiel testimonio de los paseos del Cola de Flecha por el territorio. Otra excepción de la regla es Jaime, un joven curandero de la zona, considerado brujo por algunos —pero brujo bueno, se apura en aclarar, porque también existen de los otros—, quien explica que el pueblo tiene forma de cruz y que está “cercado” por simbología religiosa: en una puntilla está instalada una cruz, un Cristo crucificado recibe a los visitantes en la entrada del pueblo, hay una gruta en el extremo opuesto, en otro ingreso a Alhué hay otra cruz y en el extremo opuesto existe otra gruta. Conforme a lo que relata este curandero, esta ingeniosa arquitectura fue planificada hace muchos años por un sacerdote, pensando que la ubicación estratégica de estos símbolos impediría el ingreso del diablo a Alhué. Hasta ahí parecía un plan infalible. Sin embargo, el religioso cometió un grosero error de cálculo: cuando instaló estos símbolos religiosos, el diablo se encontraba de visita en Alhué, por lo tanto, lejos de imposibilitar su ingreso, lo que consiguió fue dejarlo encerrado entre los límites del pueblo, lo que explicaría muchas cosas.
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