80 El Mandinga HISTORIAS DEL DIABLO EN LA ZONA CENTRAL DE CHILE Don Ramón dio instrucciones para que preparan su carruaje con el objetivo de partir lo antes posible con destino a Santiago. Ya en ruta, a eso de las cuatro de la mañana, el cochero sintió una oscura presencia que acechaba a la carroza y comenzó a dar de fustazos a los caballos para que aceleraran el galope. Pero por mucho esfuerzo que pusieran los jamelgos, el carruaje parecía no avanzar, como si una misteriosa fuerza lo retuviera. Luego, miró hacia arriba y vio que sobre el carruaje volaba una bandada de demonios alados y que en un abrir y cerrar de ojos, fue el propio diablo que sacó a Subercaseux de la cabina para llevarse su alma. Porque el infierno nunca deja cabos sueltos. La leyenda narra que esto ocurrió justo antes de cruzar el puente San Ramón hacia Puente Alto. En ese mismo punto donde supuestamente el diablo cobró la antigua deuda, actualmente se erige el Cristo Negro, que todo pircano reconoce como una advertencia permanente respecto de las graves consecuencias que trae hacer pactos con el Maligno. Por cierto, el carácter de “negro” de este Cristo no dice relación con los malditos acontecimientos recién relatados. Se trata de un Cristo crucificado, fabricado de bronce, que el tiempo y la exposición a la intemperie han intervenido para que adquiera esa coloración. Este Cristo Negro es de la gente y así lo testimonian las múltiples placas de agradecimiento por favores y milagros concedidos que homenajean a este verdadero hito pircano. Ramón Subercaseaux falleció el 30 de octubre de 1859, a la edad de sesenta y nueve años, y al morir dejó en herencia la hacienda de Pirque, que fue traspasada a cinco de sus hijos. En este caso, doña Emiliana Subercaseaux, casada con don Melchor Concha y Toro, heredó el sector de El Llano, donde se construyó la casa patronal en que vivió junto a su marido, rodeada de un hermoso parque diseñado por el paisajista francés Guillermo Renner, quien también diseñó los jardines del Congreso Nacional, el Parque Forestal y la Plaza de Armas, en Santiago. Si Ramón Subercaseaux fue el responsable de transformar la tierra estéril de Pirque en un vergel, sería su yerno, don Melchor Concha y Toro, quien tuvo la visión de dedicar el suelo para el cultivo de vides. En la década de 1880, don Melchor viajó a Francia, a la región de Burdeos precisamente, y regresó a Chile con las mejores cepas francesas que plantó en la hacienda de El Llano de Pirque, bajo la tutela del enólogo galo monsieur Labouchere. Cuando plantó la primera cepa, don Melchor Concha y Toro lo hizo desconociendo que al mismo tiempo estaba sembrando la semilla que cuarenta años más tarde se transformaría en uno de los negocios vitivinícolas más importantes del mundo y que convertiría a Pirque en una de las capitales mundiales del vino. Y aquí nuevamente la historia se entrelaza con la leyenda.
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