22 El Mandinga HISTORIAS DEL DIABLO EN LA ZONA CENTRAL DE CHILE una larga búsqueda, en los cerros de Chalaco lo encontraron y le dieron una frisca que lo dejó con un pie en el otro mundo y, posteriormente, lo llevaron hasta la plaza de Petorca, donde le aplicaron más correctivos —a vista y paciencia de todo el pueblo—, castigo que fue suficiente para que el El Diablo recibiera su pasaporte hacia la otra vida. Como este delincuente recibió la sentencia de muerte sin ser objeto de un juicio justo, los representantes de la ley recogieron el cuerpo inerte y lo llevaron a La Ligua para enterrarlo (“… y en La Ligua lo enterraron”). El siguiente relato, de autor anónimo, se remonta a la época de la Colonia, en las tradicionales chinganas que se celebraban en Petorca, donde se bailaba la cueca brava y se brindaba con chicha, chacolí, vino y mistela, como si el mundo se fuera a acabar al día siguiente. Una noche en que las cantoras hacían vibrar sus guitarras, guitarrones y sus arpas, una joven petorquina deslumbraba a la concurrencia, bailando cual si fuese una llamarada y como si sus pies prácticamente no tocaran el piso. La joven bailaba sola, porque ningún hombre estaba a su altura como compañero de baile y, por lo demás, nadie quería perderse tamaño espectáculo. A medianoche, a la chingana se dejó caer un jinete montando un corcel negro como la noche más oscura. Al desmontar, aseguró al jamelgo en uno de los maderos instalados para ese efecto. Al ingresar al recinto, toda la concurrencia quedó deslumbrada ante la presencia de este huaso elegante, completamente vestido de negro y con un diente de oro que relumbraba. El recién llegado se acercó a la mesa donde servían los tragos y, con monedas de oro, compró todo lo que había para beber, invitando a los contertulios a vaciar hasta la última botella. Ante tan inesperada muestra de generosidad, los presentes brindaban y exclamaban: “¡Que baile la visita, que baile la visita!”. El desconocido se hacía de rogar, pero ante la insistencia, no le quedó más alternativa que sacarse el poncho, dejarlo sobre una silla y ponerse a bailar con la talentosa joven que, hasta antes de su llegada, provocaba el asombro de todos los parroquianos. Con la boca abierta quedaron todos al ver el talento y la gracia de este huaso misterioso que, a cada vuelta que hacía la joven bailarina, él se hacía tres. Entre el desconocido y la joven ejecutaban una cueca intensa, nunca antes vista, y la gente, entusiasmada, aplaudía y vitoreaba; y no faltó la señora pechoña que exclamó “¡Ave María Purísima, qué bien baila este joven!”. Ni bien terminó la frase, el desconocido desapareció tras una sonora explosión, dejando una fuerte estela de azufre.
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