EL MANDINGA :: Historias del diablo en la zona central de Chile

215 CON EL DIABLO EN EL CUERPO Don Ricardo era muy buena persona, pero no por eso dejaba de inspirar algo de temor en la gente del pueblo, debido a que todos sospechaban del siniestro origen de su abundancia. Aunque no era muy generoso al momento de pagar sueldos, siempre terminaba dándole trabajo a quien se lo solicitara. Cuando se acercaba la fecha de ajustar cuentas con el Maligno, don Ricardo se enteró de que la única posibilidad de conservar su alma consistía en realizar un velatorio en vida, simulando la ceremonia durante tres días y tres noches, con personas rezando para que el Mandinga no se cobrara su parte del acuerdo. Considerando que don Ricardo no gozaba de mucha popularidad ni tampoco era muy querido, tuvo que abrir su billetera para pagar generosos estímulos a los valientes que se atrevieran a enfrentar tan dura ceremonia. A don Ricardo se le perdió la pista por varios días en Hualañé y muchos pensaron que el diablo ya había cobrado su deuda. No obstante, al poco tiempo reapareció, lo que representaba una prueba fehaciente del éxito del impostado ritual. Los participantes en el velatorio cuentan que Satanás se había manifestado de diversas formas para espantar a los falsos dolientes, con tal de finalizar el rito y recolectar el alma del terrateniente. Incluso, habría aparecido en forma de Virgen para proyectar paz entre los asistentes y dar por terminada ceremonia. En una ocasión, don Ricardo le informó a uno de sus trabajadores más cercanos, que tenía que viajar junto a su señora y que, si le parecía, podía quedarse en la casa para cuidarla. Al joven esta posibilidad le pareció un voto de reconocimiento y de confianza por parte del patrón, además de una oportunidad para ganar unos pesos extra, que nunca vienen mal. Cuando llegó la noche, le resultó imposible conciliar el sueño de puro susto: sintió el ruido de un gran carruaje que llegaba prácticamente hasta las puertas de la casa. Además, todos los animales estaban inquietos y los perros aullaban de forma lastimera. El muchacho no veía la hora de que retornara don Ricardo para irse y nunca más volver, porque con tanto ruido extraño, ni siquiera se atrevía a asomarse a la ventana. A la mañana siguiente, don Ricardo regresó a su casa y el trabajador le devolvió las llaves: “Aquí tiene sus llaves, patrón. Y de ahora en adelante, pídame lo que quiera, en serio, pero nunca más me diga que me tengo que quedar cuidando su casa”, le dijo, aún atemorizado. “Pero ¿qué te ocurrió, hombre?”, le preguntó, y el joven le describió lo del carruaje y todos lo aterradores acontecimientos que había experimentado. Por respuesta, don Ricardo le dijo: “Ah, entiendo… No te preocupes, ese es un muy buen amigo que a veces me viene a visitar”.

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