EL MANDINGA :: Historias del diablo en la zona central de Chile

20 El Mandinga HISTORIAS DEL DIABLO EN LA ZONA CENTRAL DE CHILE El primer relato, titulado “El diablo murió en Petorca y en La Ligua lo enterraron”, de Ana Leyton Morales, se remonta a la época de bonanza económica de Petorca, producto de la minería del oro y la plata. En esa época, era tradicional que, una vez finalizadas las extenuantes jornadas de trabajo, los mineros bajaran al pueblo y repletaran las cantinas, generalmente, para gastar más de lo que producían, ya fuera en la barra del bar, en los juegos de azar o comprando la compañía de mujeres de vida fácil. Una tarde, un desconocido de buen porte y mejor pinta ingresó a la cantina más concurrida de Petorca. Inmediatamente, llamó la atención de la concurrencia la inusitada fortuna de la que gozaba el desconocido: el hombre jugaba mucho dinero y apuesta que realizaba, la ganaba. Rápidamente, atrajo la atención de toda la clientela, principalmente la femenina, atraída tanto por su apariencia física como por su buena suerte y abultada billetera. Sin embargo, entre los parroquianos empezó a crecer el recelo. El recién llegado no solo les ganaba fácilmente en el juego, sino que además les quitaba a sus mujeres, por lo que empezaron a correr la voz y a esparcir rumores en el pueblo: como nadie lo conocía y no existía explicación racional para tanta suerte en el juego, el desconocido no podía ser otro que el mismísimo demonio. Enfrentados a esta situación, un grupo de mineros se puso de acuerdo para seguir los pasos del supuesto diablo una vez que abandonara la cantina, con el objetivo de conocer todos sus movimientos y así dilucidar el misterio. Al salir de la taberna, el desconocido se subió a un brioso corcel negro, lo que hacía confirmar aún más sus sospechas, y recorrió una ruta hasta llegar a un lugar donde había una enorme tinaja de arcilla, donde depositaba todas las ganancias obtenidas en la noche de juerga y juego, para luego desaparecer en el bosque. Así ocurrió todas y cada una de las noches en que los hombres siguieron al desconocido. Para el grupo de mineros ya no cabía ninguna duda: se trataba del diablo y debían darle muerte a como diera lugar para liberar al pueblo de semejante maldición. Una noche en que el aguardiente corrió con más generosidad de lo habitual, se armaron de valor y llegaron hasta la tinaja donde el desconocido arrojaba las ganancias de la noche. Sigilosamente, se ocultaron tras ella para esperarlo y darle muerte. Apenas llegó, los hombres se abalanzaron sobre él con puñales y estoques, consumando el criminal hecho. Cuando confirmaron que el supuesto diablo había dejado de respirar, lo revisaron y en su bolsillo descubrieron una estampita de la Virgen María, prueba definitiva para demostrar que el finado no era el personaje que sospechaban. Asustados y sin saber qué hacer, uno de los hombres sugirió tomar el cuerpo, llevarlo hasta La Ligua y enterrarlo allá para ocultar el crimen (“… y en La Ligua lo enterraron”).

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