146 El Mandinga HISTORIAS DEL DIABLO EN LA ZONA CENTRAL DE CHILE 1 . La tertulia del diablo Hubo que atravesar el pedregoso cauce donde el río Petorca se olvidó de correr y transitar por un agreste y accidentado camino para llegar hasta la parcela de doña María Elena Rodríguez, quien nos recibió junto a don Eduardo Quiroz (don Lalo) y otros petorquinos, para compartir historias y leyendas bajo la sombra de un agradable parrón que ayudaba a mitigar el fuerte calor estival, que ya abrasaba a las once de la mañana. El ritual de sentarse a contar historias no está completo si no hay cosas ricas para compartir: para ello, los anfitriones sorprendieron con sopaipillas del tamaño de un plato y exquisitos huevos revueltos que recién habían puesto las gallinas de doña María. Así, con mate y tazas de té alrededor de esa generosa mesa, tímidamente los anfitriones comenzaron a desembuchar sus historias, recordando con nostalgia este tipo de encuentros que tan frecuentes eran hace décadas atrás, donde los más viejos compartían relatos alrededor de una fogata o de un brasero, y que eran fuente de entretención para la familia. Reconocen, además, que se trata de una tradición que se ha ido perdiendo: las nuevas generaciones tienen múltiples estímulos para distraerse, como la televisión, el internet o los teléfonos celulares, y ya se aburren ante la sola idea de escuchar relatos añejos. La señora María recuerda que, hace muchos años, recibió visitas de Santiago. Venían a Petorca para celebrar las Fiestas Patrias. Mientras los adultos festejaban en la parcelita, los más chicos pidieron permiso para ir al Bajo, un remanso del río, para ir a comerse unas empanadas, jugar y a disfrutar del buen tiempo que había llegado con la primavera. Una de las niñas regresó sola, contraviniendo la instrucción de que debían volver todos los niños juntos. “No me vine sola, me acompañó un perro negro”, explicó la chica. “¡Pero cómo! Si por estos lados nunca he visto ningún perro”, respondió la señora María. Tiempo después, varios vecinos le comentaron que ese perro negro que andaba rondando cerca del Bajo no era otro más que el diablo, porque su sola presencia hacía encabritar y bufar a los caballos. La señora María no creía en esas historias; sin embargo, un día se fue hasta el río y se subió a una roca, esperando a ver si podía encontrar al mentado animal y, efectivamente, apareció: un can enorme, negro, con ojos rojos, y con unas grandes orejas que, al chocar contra la cabeza, parecían aplaudir y que en su cuello llevaba una reluciente cadena dorada. El perro olfateó el ambiente, sintiendo una presencia desconocida. Luego, corrió varios metros hasta una pirca, la saltó y luego desapareció.
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