139 7. Cajón del Maipo: Cuando el diablo mete la pata y no la cola Apesar de la ausencia de señalética que la ubique como un destacado hito en el camino, la Pata del Diablo es conocida por muchas personas y está localizada en el costado de una curva del Camino al Volcán o Ruta G-25, junto al paradero 46-A de la locomoción colectiva, a unos 2,5 km desde la salida de San José de Maipo hacia El Melocotón. Cabe destacar que no se trata de la única formación de características similares en nuestro país: existen “patas del diablo” en la zona de Las Chilcas, cerca de Llay Llay; en la zona cordillerana de San Fernando, y en la cumbre del cerro Lonquén, en Talagante, entre otras. Estas azarosas formaciones geológicas, quizás huellas fosilizadas que habrá dejado algún animal prehistórico, han sido bautizadas colectivamente como Patas del Diablo, a falta de una explicación científica coherente y convincente. Y desde que reciben este nombre hasta asociarles una tenebrosa leyenda, hay un solo paso. Una de esas leyendas cuenta que un día, hace muchos años —tantos que son imposibles de precisar—, llegó hasta San José un misterioso y elegante hombre, que provocaba temor y desconfianza en los hombres y generaba atractivo en las mujeres en iguales proporciones. Se decía de él que incluso era capaz de quitarle la vida a una persona con el solo poder de su mirada, y que con el mismo gesto podía seducir hasta la mujer más virtuosa que se le cruzara en su camino, quedando siempre impune de cada uno de sus actos. Un hombre, o tal vez un ser con esas capacidades, todo lo que quiere lo puede. Así las cosas, un día divisó a la hija del alcalde, de belleza inenarrable, y puso su ojo en ella como si se tratara de su próximo trofeo. Había un detalle: la señorita en cuestión estaba próxima a ingresar a un convento de monjas ubicado en la zona de El Toyo, en Pirque. Una tempestuosa noche, en que el agua caía como con rabia, el misterioso hombre llegó hasta las puertas del convento y golpeó fuertemente, solicitando techo y calor hasta que el aguacero amainara. La monja que le abrió el portón se apiadó al verlo empapado y aterido de frío, y le permitió pasar la noche en una bodega, advirtiéndole que no podía ingresar al convento y menos entrar en contacto con las monjas de claustro. DONDE EL DIABLO PERDIÓ EL PONCHO
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