EL MANDINGA :: Historias del diablo en la zona central de Chile

121 el Vía Crucis que el Hijo de Dios recorrió en su ascenso al Gólgota. Una vez instalada, los vecinos descendieron el cerro con la satisfacción de haber cumplido con la santa tarea que el cura López les había encomendado. La salida del sol anunciaba un nuevo día y ya en todo el pueblo se hablaba de la cruz que no había durado ni una sola noche en la cima del cerro: el fuego había consumido rápidamente el crucifijo, y se comentaba que el propio diablo era quien se había encargado de convertir el símbolo religioso en cenizas, con brasas traídas desde el mismo infierno. A pesar del primer fracaso, el cura no se dio por vencido y convocó a los pocos fieles que aún no habían caído en los mentirosos encantos del Cachudo y los conminó a cooperar con lo que a cada uno le fuera posible para construir una nueva cruz de madera, mucho más grande y más robusta, que incluso al Diablo le resultara imposible de destruir. Cuando la gran cruz estuvo lista, cada feligrés se comprometió a ascender con ladrillos y cemento para construir sólidos cimientos que la sostuvieran, para brindarle aún más firmeza. Por muchos meses, la cruz se mantuvo en la cima, lo que devolvió la tranquilidad al pueblo, hasta que una mañana, al mirar al cerro, los peuminos descubrieron que el crucifijo había sido cortado. Algunos aseguraban que esto solo habría sido posible con algún serrucho infernal, pero al poco tiempo se supo que el diablo había encargado a una familia la faena de aserruchar la cruz, a cambio una importante suma de dinero. Acá la historia se vuelve nebulosa: nadie sabe o quizás se prefiere olvidar el derrotero del cura López. Según algunos, asumió su derrota y abandonó el pueblo en busca de un mejor destino, más tranquilo. Otros aseguran que su corazón fue incapaz de soportar el dolor conferido y falleció de un infarto fulminante. El hecho es que, nuevamente, Peumo se transformó en un pueblo sin Dios ni ley, y sus habitantes se abandonaron a la lujuria y el pecado. Y así fue, hasta que en reemplazo del cura López llegó el sacerdote Eliseo Fernández Hidalgo, ferviente hombre de Dios, quien heredó la santa tarea de expulsar al diablo del pueblo. El razonamiento del nuevo sacerdote fue bastante simple: si las anteriores cruces de madera habían sido destruidas, había que construir una nueva, más grande y mucho más sólida. Entonces, ideó el proyecto de instalar una monumental cruz de hierro, imposible de quemar y muy difícil de cortar. Al principio, fue tildado de loco hasta por los feligreses más fieles. ¿Cómo iban a subir esa pesada cruz por las escarpadas laderas del Gulutrén? Pero de a poco, el cura Fernández fue convenciendo a los vecinos, quienes colaboraron con dinero, materiales y mano de obra para transformar el proyecto en realidad. En un esfuerzo comunitario, los DONDE EL DIABLO PERDIÓ EL PONCHO

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