Historias de Los Pueblos Originarios

::50:: CONCURSO HISTORIAS DE NUESTRA TIERRA —¡Bueno, al menos yo no me la paso el día lamentando la muerte de un familiar! —gritó el niño sin pensar con cuidado sus palabras. Lancuyen, muy enfadada, le pegó una cachetada a su hijo para luego irse llorando hacia su toldo; por su parte Wellpiñ, sin sentir remordimiento de sus actos, solo se fue caminando sin dirección alguna entre los pehuenes. Küdell, sin decir ni una palabra, se quedó junto al fogón viendo como las llamas del fuego se terminaban de apagar, hasta que de pronto una reluciente llama se asomó entre la oscuridad de las cenizas, era grande y resplandeciente y tomó la forma humanoide de una niña. Küdell, asustado ante la mítica presencia, tomó un palo para defenderse y se alejó unos metros. —Mmm, hola, yo soy Ailin, hija del fuego. ¿Y tú? ¿Tienes un nombre? — preguntó la majestuosa figura hecha de puras llamas incandescentes. —Yo-yo soy Küdell, hijo de Lancuyen, mmm. ¿Eres un espíritu o algún tipo de ser mágico? —preguntó asombrado y a la vez tembloroso de que pudiera hacerle algo malo. —No, no, ya te dije, yo soy Ailin, hija del gran dios del fuego —dijo el pequeño ser acercándose con confianza a Küdell. Küdell estaba asombrado por la extraña, pero maravillosa presencia de lo que parecía ser la hija del supuesto dios del fuego y supuso que si era la hija de tan poderoso ser era una semidiosa. —Está bien, Ailin, ahora que ya nos conocemos, ¿podrías explicarme por qué has venido hasta aquí? —preguntó sintiéndose astuto el muchacho. —Verás, a mí me gusta divertirme y yo puedo observar a las personas a través de las llamas del fuego, porque yo nazco de estas y te vi a ti y a otras personas teniendo una discusión, así que me pareció interesante y vine —dijo Ailin con total normalidad y un tono sereno y tranquilo. —Oh, bueno, ya que estas aquí por eso, mi hermano menor tuvo una discusión muy fuerte con mi madre respecto a la muerte de seres queridos —dijo Küdell, sintiéndose de inmediato triste y melancólico al recordar cuando recibió la trágica noticia. —¡Eh!, ¿por qué la cara tan larga? Ya sé. ¿Te gustaría aprender a generar fuego cuando a ti se te plazca sin necesidad de un fogón? —preguntó entusiasmada con un gesto de felicidad en sus fulgurosos ojos el ser de fuego. —¿Cómo?, ¿eso es imposible? Se necesitan dos trozos de hulla o carbón o palos de árboles para poder generar el fuego —dijo sorprendido, pero a la vez estupefacto el joven pehuenche ante lo dicho por Ailin. —Mira, muy simple, te daré uno de mis mechones de cabello. Ves que claramente están hechos de fuego, puro y divino, y una vez lo sostengas, deberás frotarlo entre tus manos —dijo la chica arrancándose con delicadeza uno de sus cortos, pero hermosos mechones de cabello.

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