Historias de Los Pueblos Originarios

::51:: Historias de los Pueblos Originarios escritas por niñas, niños y jóvenes de Chile Küdell estaba desconcertado al estar tomando una flama de lo más bien entre sus manos sin quemarse, era como si realmente pudiese controlar el fuego. Entonces, sin olvidarlo, frotó la pequeña llama entre sus manos y esta se deshizo. –Bien, ahora tienes el poder, buenas noches Küdell. El niño cerró sus ojos y al abrirlos ya no estaba en frente de Ailin, estaba en su cama dentro de su toldo, muy perdido y confundido. ¿Habría sido todo un simple e irrelevante sueño? se preguntó a sí mismo. Luego se levantó de su plana y diminuta camilla y se dirigió directo al lago Icalma como todas las mañanas; se lavó su cara con un poco de agua y luego empezó a mirar sus manos, las juntó y volvió a pensar en Ailin y el peculiar sueño, y de repente se prendió fuego entre sus manos. Muy asustado, las empezó a refregar en el agua de la laguna y el fuego se apagó, pero se percató de algo muy extraño, no le quedó ninguna quemadura o herida. Entonces volvió a su toldo y trató de dejar de pensar en su sueño. Pasaron los meses y los años y Küdell ya era un adolescente y su hermano un niño un poco más grande. Su madre había decaído con el paso de los años y se había empezado a poner débil, siempre se le veía triste y sensible, por lo que Küdell debió empezar a ser más responsable y cuidar de su hermano Wellpiñ, ya que su madre siempre se sentía enferma y sin fuerzas ni ganas para hacer algo, ni siquiera prender un fogón. Un día un grupo de españoles llegaron en forma de expedición y encontraron el toldo de Küdell y su familia y de inmediato arrasaron con todo, tomaron el toldo y todas las cosas de la pequeña familia, pero lo peor, tomaron como presa y esclava a la pobre Lancuyen, mientras Küdell había salido a refrescarse como normalmente lo hacía junto a su hermano. Al regresar y ver el desastre provocado por los españoles, muy enojado fue a golpearlos para que soltaran a su madre, pero estos no cedieron y si bien no tenían rifles ni escopetas a mano, habían sido entrenados por la Militar y Küdell cayó fácilmente; al verlo caído empezaron a burlarse y reírse de él, mientras su hermano menor sin saber qué hacer sólo empezó a llorar y pedir ayuda, aunque nadie lo iba a socorrer. Küdell, ya sin fuerzas y casi al borde del desmayo, vio ante él una figura alta y grande, hecha por llamas. ¡Era Ailin!, quien lo ayudó ofreciéndole su mano para ponerse en pie. Küdell pudo ver lo bella que Ailin estaba, se había convertido en toda una diosa, ahora sus mechones de cabello eran tan largos que llegaban a sus talones. —¿Y bien?, ¿vamos a derrotar a estos ineptos juntos o qué? —le preguntó Ailin frunciendo el ceño de cierta manera que la hacía ver agradable. Entonces Küdell se paró y los españoles siguieron burlándose ya que sabían que no era tan fuerte como ellos. Pero entonces, nuestro protagonista se convirtió en una figura amenazante y peligrosa, cubierto de llamas. Los españoles muertos del susto se fueron dejando todo lo que querían llevarse, luego Küdell apagó todas las llamas alrededor de su cuerpo y vio como la figura de Ailin se despedía después de él, desapareciendo de manera misteriosa entre los pehuenes y demás árboles.

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