2007: Gabriela Mistral, Bitácora de un Destierro 265 Palabras previas Gabriela Mistral, a pesar del Nobel y del tardío Premio Nacional, sigue siendo en Chile una figura marginal, enigmática, desconocida por gran parte de los nuevos lectores y, para su desdicha, estudiada a menudo en sus aristas más obvias o sentimentales. Ya Neruda la admiraba sin reservas, señaló hace años que no había en ella el cristal, la belleza congelada o las opulencias gongorinas, sino más bien descubrir en sus versos y en su soberbia prosa la piedra polvorienta, la lava triturada o la arcilla mezclada con sangre y ahondar, esencialmente, en la miel turbia de su lenguaje, rasgo americano que la equipara con Vallejo. Y nuestro poeta, que la conoció en Temuco, agrega un gesto de gratitud: fue Gabriela quien lo introdujo en las terribles y hondas visiones de la literatura rusa y en las novelas de Dostoievski y Tolstoi, que lo acompañaron -según confesaba- durante toda su existencia. En estos días, en que se abren nuevos senderos secretos a raíz del descubrimiento de muchos de sus papeles inéditos, no parece sencillo adentrarse en la compleja obra de la autora de Montegrande, en su rebeldía, su compromiso social, sus dolorosos exilios, su peregrinar sus dolores y sus interminables itinerarios que no hicieron más que acentuar una congoja que arrancaba de su infancia sin recuerdos dulces y que llevó a que jamás cicatrizaran las heridas dejadas por la mañana aciaga en que "fui echada de la escuela y apedreada en su plaza... por unas diez condiscípulas azuzadas por una maestra ciega", como le contó en uno de sus memorables Recados a su amiga Matilde Ladrón de Guevara. De allí, tal vez, cierta acritud semejante a la de Joaquín Edwards Bello, otro gran escritor al que su país nunca le perdonó su carácter reprendedor, su distancia, sus silencios, su implacable virulencia. Nelson Alvarez, El Canela, se atreve con esta tarea tal como lo hizo con Neruda y Baldomero Lillo, y la acomete sin pedantescos academicismos, en décimas como los viejos cantores populares, e inventa un título certero y feliz para su libro: Gabriela Mistral: Bitácora de un destierro. Además, para citar otros méritos de su libro, nada escapa a su mirada precisa: paisajes, este territorio alargado pueblos y ciudades, el mundo ancho y ajeno, los amores desairados, los estímulos y las negaciones, los maestrazgos ejercidos donde fuera, el desgarro de la ausencia, los reconocimientos tardíos, el ocaso de su laboriosa vida. No es de extrañar, entonces, este acercamiento tan particular de El Canela hacia Gabriela, que pertenece a esa estirpe de personajes que a él lo fascinan, desdeñados por las cúpulas o atribuidos falsamente por ellas, y pienso en nuevos desafíos que lo esperan: el torrencial Pablo de Rokha, la enorme Violeta Parra y ese inmenso juglar que fue su hermano Roberto, con quien compartimos tantos vinos fraternos, tantas veladas dichosas, tantas esperanzas y tantos sueños. Tengo en mis manos la edición original de Décimas de la Negra Ester -hablo de la primera, no de la que vino después- y releo la fraterna dedicatoria que me dedicó. La sencilla edición vio la luz en el Taller Nuevagráfica y trae un prólogo de Nicanor, donde expresa que Roberto "opera de hecho en los bajos fondos,
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