::86:: ANTOLOGÍA 2025 Sol agradeció, y siguiendo el dibujo que la anciana dejó en la tierra, avanzó. Ya era casi de noche cuando apareció una tercera figura: un niño pequeño, de ojos brillantes como brasas encendidas. Tenía un tambor de cuero colgado al hombro y reía con fuerza. —Soy Ngen-rëpü, espíritu de los caminos y de los viajeros —dijo alegremente—. Cuando estés cansada, canta. La canción es luz, es movimiento. Las palabras tienen el poder de encender senderos invisibles. —¿Qué canción debo cantar? —preguntó Sol, algo temerosa. —Cualquiera que recuerdes con amor, una que te sepa a casa —respondió el niño golpeando su tambor rítmicamente. Sol, aunque asustada, empezó a tararear la canción que su abuela le cantaba cuando salían a recolectar hierbas: “dame buen viaje, camino claro, dame buen viaje”. A cada nota, el bosque se abría, los arbustos retrocedían y las ramas formaban arcos que la guiaban como si el canto tuviera magia. Y entonces, entre los árboles, vio la luz tenue de una linterna. Su abuelo venía subiendo por la ladera, llamándola con voz preocupada. —¡Abuelito! —gritó Sol, corriendo hacia él. Se abrazaron fuerte. El abuelo no preguntó cómo había encontrado el camino. Solo la levantó en brazos y, juntos, volvieron por la vereda que ahora parecía sencilla. Esa noche, Sol dejó la rama en forma de estrella sobre su velador. Y cada vez que salía al bosque, cerraba los ojos, respiraba hondo recordando las voces de los tres espíritus que le enseñaron a confiar en la tierra y en su propia voz. REGIÓN DE LOS RÍOS
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