ANTOLOGIA 2025

::80:: ANTOLOGÍA 2025 DONDE NACEN LOS SILENCIOS Marthyn Riquelme Sánchez Tercer lugar regional Hualqui 12 años Nadie sabía por qué Lina pasaba tanto tiempo sola entre los espinos. Tenía 13 años, una voz suave como lana mojada y una mirada que parecía escuchar más de lo que hablaba. Vivía con su abuelo en una casa vieja, en medio del campo, donde los caminos eran de tierra, el cielo era más grande y los silencios duraban más que una canción. —¿No te aburres allá sola, niña? —le preguntaban en la escuela. Pero Lina solo sonreía y miraba al suelo, como si sus palabras estuvieran guardadas bajo la tierra. La verdad era otra. Desde que su abuela murió, Lina dejó de hablar. No porque no pudiera, sino porque algo dentro de ella se apagó, como una lámpara sin aceite. Solo encontraba calma caminando entre los árboles, tocando los troncos, escuchando el canto de los bichos, sintiendo el mundo sin necesidad de decir nada. Una tarde de viento fuerte, el abuelo le regaló un cuaderno viejo, de esos con hojas amarillas que huelen a tiempo. —Escribe, mi niña. A veces las palabras pesan menos en el papel. Lina no contestó, pero esa noche lo abrió. Escribió una sola frase: "El campo también llora, pero nadie lo escucha". Desde ese día, algo cambió. Cada tarde, después de ayudar con las gallinas, salía al monte con su cuaderno. Escribía lo que veía, lo que sentía, lo que no podía decir: "Hoy el árbol más viejo me habló sin palabras". "Las hojas saben guardar secretos". "Hay silencios que también sanan". Una vez, encontró un pájaro herido. Lo llevó a casa, lo curó, y lo liberó. No dijo nada. Solo escribió: “A veces, lo roto no necesita ruido para volver a volar". Meses después, la profesora anunció un concurso: —Quiero que escriban una historia sobre el campo, algo que los represente de verdad. Lina dudó, nunca había mostrado sus escritos, pero esa noche, releyó todo su cuaderno. No era solo suyo, era del viento, del barro, de las raíces. Lo entregó. Su historia no tenía grandes palabras, ni héroes, ni magia. Pero tenía verdad. Y verdad profunda, como la de los árboles que nunca se quejan, aunque vivan cien años quietos. Ella se paró, temblando. Todos aplaudían. Y por primera vez en mucho tiempo, habló fuerte y claro: —No necesitamos gritar para que se escuche lo que importa. REGIÓN DEL BIOBÍO

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