::49:: ME LO CONTARON MIS ABUELITOS EL ESTABLO DE LOS SUSURROS Jillian Conti Ramos Primer lugar regional Monte Patria 13 años En lo más profundo del Valle de los Sauces, donde los árboles se inclinan como si quisieran hablar en secreto con el viento, y los caminos de tierra serpentean entre campos olvidados, se encuentra un antiguo establo de madera negra. Nadie en el pueblo de San Gregorio se atreve a acercarse a él desde hace más de cincuenta años. Lo llaman el establo de los susurros. A simple vista, parece solo una ruina: techos caídos, vigas podridas y pasto crecido hasta las rodillas. Pero los mayores del pueblo aseguran que si uno se detiene a escuchar, entre el silbido del viento y el crujir de la madera vieja, se pueden oír relinchos, mugidos y aleteos. Lo curioso es que hace décadas que ningún animal pisa ese terreno. Las historias comenzaron en 1971, cuando el joven pastor Emilio Sosa desapareció una noche lluviosa mientras buscaba a su oveja más vieja, que se había escapado del corral. Dicen que la última vez que lo vieron fue cruzando el campo rumbo al establo, con una linterna débil y un silbido esperanzado. Nunca regresó. Ni él ni la oveja. Poco después, los animales del pueblo comenzaron a comportarse de forma extraña. Las vacas no daban leche. Los caballos se negaban a pasar cerca del camino viejo. Incluso los perros más valientes huían con el rabo entre las piernas si olían el viento proveniente del establo. Los ancianos, guardianes de las historias más viejas, comenzaron a recordar un mito anterior, mucho más antiguo que el propio pueblo: el de la vaqueriza eterna. Según la leyenda, hace siglos existió una mujer conocida como Matilde la pastora, que tenía un don especial. Podía hablar con los animales. Le entendían, la seguían y la protegían. Los campesinos decían que su canto hacía florecer la hierba y calmar a los toros más bravos. Pero una sequía feroz trajo hambre y desesperación. Matilde, desesperada por salvar a sus animales, hizo un trato con una presencia que habitaba en los árboles más viejos del valle. Algunos la llaman “la dama de las raíces”, otros simplemente “la tierra que escucha”. Matilde prometió entregar su alma a cambio de alimento para su rebaño. La dama aceptó, pero con una condición: que Matilde viviera por siempre para cuidar a los animales del valle, aún después de la muerte. Esa noche, cuando la luna se ocultó tras nubes de ceniza, Matilde desapareció en el bosque con su rebaño y nunca volvió. Dicen que la dama de las raíces selló su espíritu en un lugar donde pudiera seguir cuidando animales para siempre. Ese lugar fue el viejo establo, construido poco después por manos que nunca supieron que edificaban sobre tierra maldita. REGIÓN DE COQUIMBO
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