::190:: ANTOLOGÍA 2025 EL ATAO DE MENTIRAS Rodrigo Gutiérrez Pérez Segundo lugar regional Vilcún 52 años Esta historia que les voy a contar fue inventada por mi tío, que vive en Carahue. Me voy a reservar su nombre; lo voy a llamar Juan, y en el pueblo lo conocen por el apodo de "el Atao de Mentiras". Mi tío Juan es un especialista en contar historias que él mismo inventa. Tiene muchas, y siempre que hay funerales en el campo lo mandan a buscar, para que en las noches entretenga de alguna forma a las personas que se quedan a acompañar al finao. La historia de “el Atao de Mentiras” la hice propia, y dice así: En una localidad rural de Vilcún vivía mi abuelo, específicamente en La Estrella. Era un viejito alto, delgado, de ojos verdes; muy cariñoso y amante de su campo. Yo era su regalón, o al menos eso me decía él. Cada vez que lo visitaba me dejaba andar a caballo. Tenía una yegua que se llamaba Lamparita. La única condición era que no la corriera: odiaba a las personas que maltrataban a los animales, y menos aún a su querida yegua. Cierto día decidí montar a pelo a la yegua. Al principio, todo tranquilo, ya que la bestia era súper mansa. Como mi abuelo no estaba, la saqué a escondidas. De pronto, pasamos por debajo de un árbol, y justo en ese momento salió un ratón. La yegua, al verlo, se asustó y comenzó a correr. Corrió tan fuerte que apenas podía sujetarme de su tusa. Levanté la cabeza y, frente a mí, vi un alambre de esos que en el campo se usan para colgar ropa. La yegua pasó por debajo, y lo único que alcancé a hacer fue agacharme. Pasé el obstáculo, levanté la cabeza y me di cuenta de que el alambre le había cortado el cogote a la yegua. Asustado, me bajé. La yegua quedó de pie… y su cabeza, a tres metros de su cuerpo. Rápidamente me acordé de un dicho que tenía mi abuelo: “Calientito pega”. Así que tomé el cogote con la cabeza y se lo puse al cuerpo. ¿Y adivinen qué? ¡Efectivamente se pegó, y la yegua no murió! Pero cometí un grave error: se lo pegué al revés, con la cabeza mirando hacia atrás. Cada vez que la montaba nos quedábamos mirando: yo miraba para adelante y la lamparita me miraba para atrás. Mi abuelo, que tenía problemas de vista, no se dio cuenta. Pero yo tuve que dedicarme exclusivamente a darle de comer con la mano a Lamparita, ya que cuando se agachaba a recoger pasto ésta quedaba mirando para el cielo, y para darle de beber la llevaba a un saltillo de agua que pasaba cerca. La yegua vivió muchos años con el cogote al revés, y mi abuelo solo se enteró poco antes de morir. REGIÓN DE LA ARAUCANÍA
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