::154:: ANTOLOGÍA 2025 CEMENTO Constanza Gallardo Fuentes Segundo lugar regional Santa María 39 años —Juana, te equivocaste de saco. —¿Qué? —¡Te equivocaste de saco, mujer! ¡A estos panes en vez de harina les echaste cemento! La Juana no se reía, simplemente se resignaba. El pan se mantenía blando solo hasta un poco después de salido del horno. En lo que se enfriaba, se ponía duro como piedra. No era la primera vez, sino todo lo contrario y, aunque intentara hacerlo mejor, el resultado era siempre el mismo. Quizás la falta de calor lo endurecía, como la había endurecido a ella. Nadie le había enseñado a hacerlo. Su madre murió antes de que cumpliera quince, dejándole a cargo irremediablemente el cuidado de la familia, la hermana más pequeña de solo cuatro años. Tuvo que hacerse madre, panadera y cocinera a leña, lavandera de artesa, refugio, ordeñadora, brazos, apoyo y guía. Criaba hermanos, pollitos, gatos, terneros, perros, olivos, duraznos y limoneros. Trabajaba de sol a sombra. El padre podría haberse buscado otra mujer, pero tampoco tuvo tiempo. Junto a los hijos hombres sembraba y cosechaba las tierras que, gracias a la reforma agraria, ahora eran suyas. Finalmente, la producción les pertenecía, lo que era más que justo, pero menos que lo necesario. La venta de la cosecha era cada seis meses y todas las necesidades bastante más seguidas. Porque tener tierras no te quita la pobreza. Solo te quita la idea leve que tienes de ella. La mayor ventaja era el beneficio propio de las siembras, en las que, aunque los pequeños agricultores de la zona central produjeran principalmente ajos y cebollas, siempre se dejaban unas hileras para los tomates, las papas, los porotos, zapallos, sandías y alguna que otra hortaliza. Sin mencionar que también consumían lo plantado en las parcelas aledañas, tradición que jamás fue vista como un robo, sino como un trueque implícito entre vecinos. Nunca para la venta, sí para las familias. —¡Juana! ¡La comida está desabrida! —alegaba el padre, no los hermanos: ellos ya estaban acostumbrados o realmente agradecidos. La Juana hacía oídos sordos. ¿Qué le iba a hacer? Así que le pasaba la sal y un cacho'e cabra, sin decir nada, sin siquiera molestarse. Y así pasaron los años... —Juana, los sacos que trajeron en la mañana, los que dejaron allá afuera... REGIÓN DE VALPARAÍSO
RkJQdWJsaXNoZXIy MjA1NTIy