::152:: ANTOLOGÍA 2025 —Qué pasó, Toño. Parece que viste al diablo —dijo otro de mis tíos, lo que hizo reaccionar de inmediato a mi primo. —Eso mismo fue, tío —dijo Toño, mirándonos. Tomó un largo sorbo de té dejándonos en suspenso y luego de un profundo suspiro siguió—. Me encontré con el mismísimo diablo aquí donde empieza la quebrada. En un principio todos se miraron incrédulos, pues mi primo era conocido por sus exageradas historias, pero se veía tan mal que dudaron. —¿Te hizo algo el diablo? —pregunté yo preocupada. Mi primo me miró con cariño y me desordenó el pelo como siempre lo hacía, lo que me tranquilizó un poco. —No estoy seguro. Iba caminando de lo mejor por donde empieza la quebrada. Como venía medio atrasado, tomé el atajo, pero no había ni una luz, una boca de lobo. Apuré el paso porque sentía que algo me miraba entre medio de la maleza, pero de pronto sentí unos pasos que venían y me quedé quieto. Se puso tan helado que veía mi aliento, pero era un frío distinto, como de cementerio. De repente, tenía al lado mío a un señor vestido de negro o eso alcancé a divisar. Me dijo: «Amigo, ¿tiene fuego que me preste?». Su voz era tranquila, pero igual me puso nervioso, así que empecé a buscar altiro mi caja de fósforos. Sentí que el tiempo se había detenido, pero por fin la encontré. Cuando se la pasé me temblaban las manos, no sé si del frío o el miedo. «Gracias, amigo. Se lo devuelvo en seguida», me dijo súper educado el tipo, pero le dije que no se preocupara, que cuando nos viéramos de nuevo me la pasaba porque iba atrasado a un compromiso. Y entonces, prendió un fósforo. El hombre andaba vestido bien elegante, como de ciudad. Tenía un cigarro largo en la boca y todos sus dientes eran de oro puro. Las manos las tenía llena de joyas: anillos, pulseras, todos de diamantes y oro, pero lo más increíble eran sus ojos, eran iguales a los de un chivo. Yo quizás qué cara tenía, porque cuando se apagó el fosforo, el tipo pegó una carcajada que me heló la sangre. En eso, la luna se escondió y no vi nada más, y lo último que me dijo fue «Gracias por su amabilidad», pero la voz sonó en mi cabeza. Cuando la luna volvió a salir ya no había nadie y yo me vine corriendo sin mirar atrás. Les juro que corrí y corrí y no sé ni cómo llegué aquí. Lo que es yo, no me meto más a la quebrada de noche. Que se quede con los fósforos. Al terminar su relato se persignó unas cinco veces y no dijo nada más. Mi mamá y mis tíos se miraron preocupados y se pusieron a contar otros encuentros sobre el diablo, lo que derivó en una oración grupal antes de irse a dormir. Yo no pegué un ojo en toda la noche pensando en el diablo. Pasaron los años y me fui a vivir a Valparaíso. Todos los veranos viajaba al sur a visitar a mi familia y a mi querido primo Toño, quien después del susto vivió su vida como siempre. Cuando cumplió sesenta años, mientras iba en su tractor, le dio un infarto fulminante y ahí encontró su final. Cuando me llamaron no lo podía creer, lloré como nunca lo he hecho en mi vida y dejé todo para ir a su velorio y despedirme de él. Era tan querido, que la gente tuvo que turnarse para venir a verlo, porque no cabían en la casa. REGIÓN DE VALPARAÍSO
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