::137:: HISTORIAS CAMPESINAS LA CARROZA DESBOCADA Luis Aciares González Primer lugar regional Antofagasta 74 años El teléfono de la recepción volvió a tintinar, llamada urgente para que don Manuel Escudero cambiara abruptamente su actividad de ese momento por la de cochero funerario. En realidad, don Manuel abría y cerraba el cementerio, él era sepulturero, carretero, aseador, orientador, sabía exactamente dónde se ubicaba cada finado. Desarrollaba un sinfín de actividades al interior de su mansión del luto, como llamaba él al cementerio. Se ubicaba en el pintoresco pueblito de Santa Rosa, al interior de Copiapó, rodeado de parras y árboles por todo lugar, regado por el río Copiapó ocasionando una vega de totoras, sauces y mucho verde. Volviendo al principio del relato: a través de un megáfono, la recepcionista llama a viva voz: “¡Don Manuel, prepare la carroza, el funeral es para las 16 horas, aquí le tengo la dirección…!” “¡Entendido!” Con paso cansino, el hombre se dirigió al sector llamado La Huesera y llamó al caballo tirador del carro mortuorio, partícipe de innumerables funerales además de un ejemplar digno de situaciones funestas: negro azabache, musculoso, de crines alargadas, de una contextura impresionante. Al parecer ya tenía un aprendizaje condicionado. Don Manuel lo llamaba “¡Tuerto, Tuerto!”, le tocaba una campanilla y el animalito ya entendía su misión y caminaba lentamente para ser ensillado. Había perdido la visión del ojo derecho años atrás, a raíz de un piedrazo arrojado por un grupo de vándalos que lanzaban proyectiles con tal crueldad que seguramente varios ya estarán en el purgatorio. Ensillado, puestos todos los aperos y arreglos, el Tuerto junto a la carroza negra, con bombones oscuros brillosos, su estructura de cristal, sumado al sombrero y al viejo traje negro del jinete, creaban un cuadro tétrico digno de la muerte. Llegaron al hogar del muerto, comenzando el penoso y triste cortejo tras el rechinar del carruaje mortuorio y al ritmo de los cascos del percherón rumbo a la mansión del luto. Ya casi al llegar al camposanto, el triste y cabizbajo desfile cruzaba el puente, cuando sucedió lo impensado e inimaginable: justo por rabillo del ojo izquierdo el Tuerto divisó a una hermosa yegua baya, y al parecer era época de celo, porque el caballo se encabritó a tal extremo que se negó a obedecer, olvidando todos los conocimientos condicionados que a través de los años le había enseñado don Manuel. Ya desbocado, con el pobre de don Manuel Escudero desparramado por los aires como un muñeco humano, el animal arrastró carroza, urna y muerto, que volaron por las barandas del puente. REGIÓN DE ANTOFAGASTA
RkJQdWJsaXNoZXIy MjA1NTIy