ANTOLOGIA 2025

::117:: HISTORIAS CAMPESINAS LA SANADORA DEL CAMPO Rubén Sepúlveda Moraga Premio especial Mujer Rural Región de O’Higgins Rancagua 29 años En las tierras fértiles de San Clemente, cerca de la cordillera de Talca, nació una mujer que dejó una huella imborrable en todos los que la conocieron. Se llamaba Rebeca, aunque en el pueblo la llamaban cariñosamente “La mama”. Desde joven, la vida le impuso pruebas que enfrentó con la misma fortaleza con la que se aferraba a su fe. Apenas tenía trece años cuando se casó, y a los catorce ya sostenía en brazos a su primer hijo. Su hogar se levantaba entre campos verdes, rodeado de árboles frutales y sembradíos que ella cuidaba con dedicación mientras los niños corrían libres entre los maizales y los animales pastaban tranquilos. La vida en el campo no era fácil, pero Rebeca sabía que con trabajo duro y fe se podía superar cualquier obstáculo. Tuvo veintidós hijos, y aunque algunos partieron demasiado pronto, nunca los olvidó; sus nombres quedaban grabados en su corazón. Un día, mientras ordenaba sus cosas, encontró una vieja libreta con tapas duras y amarillentas. En ella estaban escritos, con letra firme y cuidadosa, los nombres de cada uno de sus hijos, incluso de aquellos que solo vio nacer y partir. Para Rebeca, todos seguían vivos en su alma. Pero no solo su familia la recordaba con cariño. En el pueblo, su nombre era sinónimo de esperanza y sanación. Rebeca había aprendido a “tirar el empacho”, un saber popular que le enseñó una médica de la zona cuando una de sus hijas enfermó sin razón aparente. Los médicos no encontraban la causa del dolor, hasta que la médica, mirándola a los ojos, le dijo con calma: “Su hija está empachada, pero ya es tarde, el empacho está muy pegado”. Viendo la desesperación de Rebeca, la médica le enseñó un antiguo remedio que mezclaba fe y profundo conocimiento del cuerpo. Desde ese momento, Rebeca se volvió la sanadora del pueblo. No importaba la hora, siempre llegaban a su casa niños en brazos de sus madres, jóvenes con malestares e incluso uniformados que, con respeto y humildad, tocaban su puerta. Ella siempre decía lo mismo: “Yo solo oro y pido que Dios sane”. Nunca aceptó dinero; para ella, ayudar era un mandato de su fe y un acto de amor al prójimo. Los años trajeron también momentos difíciles. Uno de los más duros fue cuando un incendio arrasó su casa. Rebeca estaba en Chillán con sus hermanos de iglesia cuando recibió la noticia. En vez de desesperarse, dijo firme: “lo que Dios quitó, Él lo devolverá”. Y así fue: con esfuerzo y solidaridad, lograron reconstruir el hogar que tanto había costado levantar. PREMIOS NACIONALES

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