::110:: ANTOLOGÍA 2025 PREMIOS NACIONALES Poco a poco los niños sacaron sus libros y los pusieron sobre la mesa. Todos, a excepción de Lidia, quien se caracterizaba por siempre decidir qué órdenes eran dignas de seguir y cuáles solo debían ser desechadas. Aprovechando el murmullo y el movimiento de bolsones y pupitres, ella sacó rápidamente su libro y tuvo la maravillosa idea de sentarse sobre él. Los soldados recorrieron la sala y a cada uno de los libros le arrancaron algunas hojas, frente a los ojos temblorosos de los niños a quienes se les había enseñado a cuidar los pocos útiles a los que podían acceder. Cuando llegó su turno, Lidia sintió latir tan fuerte su corazón que imaginó que todos podían escucharlo, y sin saber cómo, ante la pregunta acerca de dónde estaba su libro, contestó que lo había perdido. Ninguno de sus compañeros se extrañó de su respuesta, porque a veces resultaba ser muy distraída, especialmente cuando su imaginación ocupaba todos sus pensamientos. El soldado la miró intrigado; ella sostuvo su mirada con un absoluto autoconvencimiento de que estaba diciendo la verdad, siguiendo valientemente la actitud de las heroínas de los cuentos. Siguieron así con la inspección y con la consiguiente mutilación de textos, hasta que no quedó libro intacto. Luego, tal como habían llegado, salieron de la sala de clases, dejando tras de ellos un silencio abrumador. Pasados algunos minutos, el docente trató de recomenzar su clase, entre los crecientes murmullos de sus compañeros, los que se transformaron en griterío al ver que Lidia se levantaba y sacaba el único libro que podía aclarar el actuar de los soldados. Con ayuda del maestro, revisaron las páginas que habían sido arrancadas a los demás textos y se dieron cuenta que correspondían a un cuento titulado El molinillo de sal, de un autor ruso. Todos se miraron intrigados, pensando por qué a los soldados le disgustaría un cuento inocente. Por si se les ocurría volver, escondieron inmediatamente los cuentos de Los Tres Cerditos, que con su actuar podrían resultar ofensivos, y varios otros títulos clásicos, que al leerlos podrían causar desvaríos en las mentes adultas. Lidia comprendió varios años después por qué los soldados y la literatura rusa no se llevan bien. Guardó el libro durante años, y leía frecuentemente los cuentos presentes en él a su hermana menor, quien sentía obsesión por relatos de enanos que capturaban doncellas, gatos que iban solos a todos lugares y un molinillo cuya sal daba sabor al mar. El libro y su dueña, con sus historias entrelazadas, persisten hasta hoy.
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