::109:: HISTORIAS CAMPESINAS PREMIOS NACIONALES RARA Mirna Yáñez Paillayao Primer lugar nacional Primer lugar regional Región de Los Lagos Osorno 51 años Lidia era considerada extraña por sus compañeros y maestros; sin amigos, siempre llenando su cabeza con historias que verbalizaba en solitario. Definitivamente era inusual, no seguía normas, negándose muchas veces a contestar preguntas a pesar de conocer las respuestas. Era, además, una ávida lectora de todos los textos que llegaban a sus manos, los que escondía bajo su cama para resguardarlos de quienes, como hicieron con otro excéntrico lector, desearan quemar los libros que le secaban el seso. Dentro de sus exclusivas amistades se encontraba un palo de leña, escogido y apartado de los demás para que no terminara dentro de la estufa en la que su mamá cocinaba. Lo llamaba Valerio, y solo ella podía distinguirlo de los demás, llevándolo consigo cuando jugaba a las casitas, paseaba por el huerto o murmuraba bajito, compartiendo con él sus más íntimos secretos. El final de Valerio, a pesar de todos los cuidados que le prodigaba Lidia, fue trágico, pues terminó carbonizado en un asado de cerdo para el cumpleaños de su padre. Nadie entendió jamás su desconsuelo al ver arder un palo de leña. Su niñez transcurría así, viendo con sus pupilas dilatadas la realidad a través de un velo, imaginando a las personas que le rodeaban como marionetas manejadas por seres invisibles. Muchos años más tarde compartiría todas estas aventuras e imaginaciones con sus familiares, dejando en evidencia su rica vida interior. Pero sobre todo un relato captaba la atención, despertando en ellos admiración y respeto: Lidia tenía solo nueve años cuando los soldados, armados, irrumpieron en su sala de clases. Era una época turbulenta y sin sosiego, que afectó incluso a los lejanos campos de nuestro país. Sorprendidos, los niños y el maestro no atinaron a reaccionar. Solo se quedaron allí, inmóviles, mirándolos con una mezcla de admiración y temor. Se sorprendieron aún más cuando, sin pedir autorización al profesor, figura de autoridad en la sala y en la comunidad, vociferaron la orden inapelable de poner el libro de lecturas sobre la mesa. Un murmullo se oyó en la humilde sala de clases, en donde se reunían todos los niños de la escuela, con edades distintas, con caras enrojecidas por el viento, otros sufriendo con un interminable romadizo propio de quienes habitan el frío sureño.
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