::101:: ME LO CONTARON MIS ABUELITOS REGIÓN DE MAGALLANES Y LA ANTÁRTICA CHILENA LA OVEJA QUE NO QUERÍA LANA Elunei Delgado Martínez Segundo lugar regional Punta Arenas 10 años Hola, me llamo Emily, y vivo en un campo que queda muy lejos, en la Región de Magallanes. Acá el cielo es gigante, el viento sopla como loco y las ovejas son más que las personas. A veces creo que hasta saben contar porque siempre están en grupo y nunca se pierde una. Este cuento es sobre una oveja especial. Se llama Nieve y nació una tarde de otoño, justo cuando el sol se escondía detrás de los cerros blancos y el aire olía a leña. Mi papá la encontró temblando y la trajo envuelta en su chaqueta. Era chiquitita y flaquita. Yo la cuidé con una mamadera, como si fuera una guagua. Pasaron los meses y Nieve creció. Tenía la lana más suave de todas, y cuando la tocabas era como tocar una nube, pero había un problema: no le gustaba tener lana. Sí, aunque no lo crean, cada vez que le crecía mucho, se frotaba contra los cercos o se revolcaba entre los arbustos de calafate. Un día casi se enredó con un alambre por andar tratando de sacarse un mechón. Yo le decía “¡Nieve, ¡qué haces! ¡Tu lana es para hacer bufandas calentitas!” Y ella solo me miraba con cara de “me da lo mismo”. Mi abuelita decía que era una oveja rebelde, pero yo creo que solo era distinta. Ese invierno nevó como nunca. Los guanacos bajaron de los cerros, los lagos se congelaron, y hasta los caballos se quedaron quietos bajo los árboles. Yo me resfrié y tuve fiebre tres días. Cuando por fin me dejaron salir, fui directo al corral, pero no encontré a Nieve. Pregunté y nadie la había visto. Me puse muy triste, pensé que se había perdido entre la neblina o que el viento se la había llevado volando, como pasa con los plásticos. Pero esa misma noche mi hermano me llamó “¡Emi, ven a ver esto!”. Salí corriendo con las botas puestas y ahí estaba Nieve, acostada afuera del gallinero. Tapando con su cuerpo a tres corderitos que se habían escapado del corral. Tenía toda su lana llena de escarcha, pero no se había movido de ese lugar. Ese día, entendí que Nieve no odiaba su lana. Solo quería usarla cuando ella quisiera y para lo que de verdad importaba.
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