ANTOLOGÍA 2024

::49:: ME LO CONTARON MIS ABUELITOS REGIÓN DE VALPARAÍSO iba contenta cuando el vecino Juan la invitaba a sacar duraznos de sus árboles porque estaban muy llenitos de frutos. La niña iba feliz y daba varios paseos con baldes repletos de fruta para luego hacer con la abuela conservas y mermeladas que ordenaban en el mueble de la cocina, mientras que otras se iban de regalo al vecino Juan porque en el campo siempre son muy agradecidos y comparten lo que tienen con los demás. La niña valoraba las fiestas del campo donde acompañaba a los tatas, iba a ver a la Rucia, su yegua, que el abuelo le había regalado, disfrutaba ver cómo trotaba en la trilla y su lomo rubio brillaba con el sol de mediodía, ver cómo saltaba el trigo entre las patas de los caballos era algo muy emocionante para Jacinta. En otras ocasiones su tata se vestía de huaso para ir a los rodeos en la medialuna y la niña se ponía su vestido de china con muchas flores para acompañarlo. Cuando regresaban, la abuela estaba amasando pan o haciendo sopaipillas muy ricas y Jacinta preparaba la chancaca para luego hacer unas sopaipillas pasadas y llevarlas de regalo a la vecina Charo, quien era una abuelita muy viejita que le había enseñado a bordar pañitos para las mesas y tejer bufandas de lana que le daban las propias ovejas de su tata. Jacinta disfrutaba mucho sus vacaciones en la casa de los abuelos, era ahí en el campo donde se sentía a gusto y era feliz al lado de los aromas únicos de la mañana como la leche tibia, el pan amasado, el olor a humo de las cocinas y hornos, el sabor tan especial de los huevos que le regalaban amablemente la Colorá, la Pintá y la gallina más bonita que era la Morena. Esos huevos los disfrutaba gustosa, tantas cosas que el campo entregaba y la pequeña niña atesoraba con el corazón. En el verano en la casa de los tatas, ella los acompañaba a recolectar la uva para la fiesta de la vendimia donde siempre participaba y pisaba kilos y kilos de esta rica y madura fruta. En esta tarea participaban varios vecinos que se organizaban para ir a cortar la uva y otros la transportaban en sus carretones. Después se juntaban todos en el fundo de don René, quien siempre prestaba sus terrenos para celebrar la fiesta. Cuando terminaba el verano, Jacinta debía volver a su casa y siempre lo hacía con mucha tristeza ya que ahí, en la ciudad, no encontraba la calma y el silencio del campo, no disfrutaba de aromas y fragancias de las yerbas que entregaban la tierra, las comidas no eran lo mismo. Extrañaba al huaso y su chispa, los animales ya no rodeaban sus piernas, las fiestas de la ciudad no eran ni parecidas a las que se viven en la tierra que tuvo que dejar por volver a su casa. Solo la consolaba el saber que en el próximo verano podría volver a disfrutar de esa vida maravillosa que dejaba. Así pasaron los años y los abuelos de Jacinta fueron envejeciendo, pero seguían trabajando en su campo como cuando su nieta era pequeña. Ella los visitaba más seguido para cuidar de ellos y ayudar en las tierras. La adolescente ingresó a la universidad para estudiar, ya que soñaba con ser agrónoma y continuar el legado que sus abuelos y el campo chileno le entregaron desde el día que nació. Así transcurrió el tiempo hasta que Jacinta logró convertirse en lo que deseaba con todo su corazón y regresó a vivir con sus tatas para hacerse cargo del campo y de los animales que adoraba desde pequeña, entregando a sus abuelos la oportunidad de descansar y disfrutar de la vida en este lugar tan bello que es el campo de Chile.

RkJQdWJsaXNoZXIy MjA1NTIy