::48:: ANTOLOGÍA 2024 El legado del campo Valentino Cantellano Sánchez Segundo lugar regional San Felipe 12 años Todo comenzó el día en que Jacinta nació. Su papá y mamá decidieron viajar a casa de los abuelos para que ellos pudieran conocer a la niña, ya que era su primera nieta, por lo que los ancianos estaban muy contentos y emocionados por conocerla. La bebé pasaba sus primeros días de vida rodeada de cantos de pájaros por las mañanas, rayos de sol que entibiaban sus pequeñas manitos, aromas de campo, olía a través de la ventana la fragancia de lavanda y manzanilla que la abuela tenía plantada alrededor de la casa. La maravillosa menta y el romero, que eran abundantes por todos los rincones, irían despertando en ella el amor por la tierra. Pasaron los días y Jacinta junto a sus padres regresó a su casa en la gran ciudad: la pequeña niña debía ir al jardín infantil para que sus papás pudieran trabajar. En ese lugar, su delicado corazón comenzó a extrañar el campo y a sus abuelitos. A pesar de ser una bebita, ella ya amaba ese lugar. La niña comenzó a crecer y cada año iba de visita donde los abuelos y pasaba todo el verano disfrutando de su compañía. Jacinta adoraba el campo donde la vida es muy dura y sacrificada, pero a su vez maravillosa, donde los animales ayudan en los trabajos, son cuidados y respetados, donde todos se conocen y cuidan entre sí, donde la comida es riquísima y muy valorada y cada preparación se hace con verduras extraídas por campesinos entre fríos que congelan sus cansadas manos o bajo el abrasador calor que cubre sus espaldas. La niña fue creciendo junto a sus abuelos que cuidaban de ella mientras su familia trabajaba. Fueron tantos los veranos que Jacinta disfrutó de la compañía de sus tatas, de aquellas mañanas con pancito amasado y té en hoja preparado en la cocina a leña que por las tardes salía a recolectar con la abuela en una carretilla un poco oxidada. Ahí se montaba el Chascón lleno de tierra, el perro más loco que tenía el abuelo, pero también el más rápido para salir detrás de las ovejas que se alejaban cuando regresaban de comer por las tardes. Jacinta fue aprendiendo muchas de las costumbres que se viven en el campo de Chile: su abuela bailaba la cueca y le enseñó ese lindo baile, también le heredó sus conocimientos y destreza en la cocina. Juntas hacían ricas empanadas de pino que luego el abuelo sacaba del horno de barro. En las mañanas, preparaban tortillas de rescoldo con chicharrones, las disfrutaban al ladito del fuego con un tazón de leche tibia que la abuela ordeñaba cada madrugada de la Negra, su vaca más gorda. Jacinta además de aprender a preparar ricas comidas cultivó un gran respeto por el campo, su gente y por los regalos que esta tierra le brindaba. Gracias a su abuelo, que trabajaba a diario y de sol a sol su sembradío, pudo aprender a cosechar las ricas lechugas, papas, ajos, coliflor, o llenaba canastas y baldes con limones, naranjas y manzanas. También REGIÓN DE VALPARAÍSO
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