ANTOLOGÍA 2024

::217:: HISTORIAS CAMPESINAS REGIÓN DE DE MAGALLANES Y DE LA ANTÁRTICA CHILENA Lección de honradez en navidad Carlos Burnes Torres Tercer lugar regional Punta Arenas 68 años Él, con su aliento fuerte y su larga lengua, corre lamiendo las mustias matas de coirón y devorando kilómetros y kilómetros de la pampa de la Patagonia magallánica. Sigue su camino aplastando con fuerza los encorvados y achaparrados árboles de lenga que, desafiantes, se atrevieron a nacer en medio de la inmensa conjunción de tierra y cielo que parecen infinitos en la distancia. El viento, repentinamente, deja de volar y baja por una hondonada; sus brazos rodean y sacuden con fuerza una pequeña casucha. —¡Qué diablos pasa! —grita un hombre cuya gorra envuelta en una capa de polvo parece más una tortilla sacada de las cenizas que un correcto uniforme policial. Primero asoma su cabeza y luego se abre la rechinante puerta de madera para dejar ver el cuerpo regordete y poco ágil, más bien envarado, quizás por el poco ejercicio cotidiano. Aquel cuerpo estaba envuelto en un ajado y descolorido uniforme en cuya blusa se notaban unas barras amarrillas que, sin duda, prestigiaba a quien en esos momentos las podía lucir. Era el Retén Policial Fronterizo de la despoblada localidad rural de Timaukel y quien había osado sacudir con inusitada violencia esos cuatro palos no fue otro que el viento, el rey de la Patagonia. Como fiel escudero y detrás del sargento, apareció un cabo sosteniendo en sus manos un mazo de naipes españoles desteñidos que le ayudaba a pasar más rápido las tediosas y aburridas horas del día y de la noches, interrumpidas solo de vez en cuando por el estridente silbido de algún ovejero azuzando a sus perros mientras arreaban algún piño de ovejas, ante lo cual, ambos policías los hacían pasar al “cuartel” para verificar la identidad y la procedencia de los lanares. Pero en verdad, este procedimiento era más bien un pretexto para conversar con otras personas, lo cual terminaba siempre en una larga mateada y amena conversa. El cuartel, si se puede llamar así, era un sucucho de 4 habitaciones, un dormitorio, cocina, baño y calabozo. Afuera estaba la leñera donde colgaba un cajón cubierto con fina malla de alambre que servía para orear la carne, alejado de las moscas. En la vetusta pared del calabozo, que también servía de oficina, colgaba una corona de laureles atados a una cinta roja, el único indicio de que ese día era la víspera de navidad.

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