ANTOLOGÍA 2024

::204:: ANTOLOGÍA 2024 Con el corazón latiéndole un poco acelerado, siguió por los escaparates donde estaban los carísimos tejidos de lana natural que, en realidad, no lo eran tanto, pues su ojo experto podía establecerlo con facilidad. Al final desembocó en la magnífica estantería de los zapatos. Acarició, primero con la mirada y luego con la mano, los zapatos que la habían impulsado a entrar. ¡Qué belleza de diseño, de color, de aroma! La vendedora nuevamente se le acercó y le preguntó si buscaba algo en especial. La anciana la miró y la joven comprendió, sin mediar respuesta, que efectivamente buscaba algo, y lo tenía allí, al alcance de la mano, al alcance de los sentidos. —¿Quiere probárselos? —consultó la vendedora casi con un hilo de voz, emocionada ante el brillo de esos ojos que le recordaban a su propia abuela. La anciana le contestó que no, que eran un regalo. Se acercaron a la caja, sacó de su cartera-bolsa un rollo de billetes envueltos en otra bolsita más pequeñita. Allí tenía el dinero que había juntado durante meses para comprar unos zapatos, sin saber aún cuales despertarían su deseo. La anciana salió de la tienda y emprendió su camino lentamente, con su compra en una nueva bolsa que, posiblemente, pasaría también a ser en un futuro próximo una cartera. Al llegar a casa, sacó los zapatos de la bolsa y los puso en un estante junto a otros pares de hermosos zapatos que nunca había usado. Se sacó sus añejas botas, suavizadas por el uso, dejando al descubierto sus pies con enormes deformaciones que eran el recuerdo de sus tiempos de juventud. Sin tener los recursos suficientes, tuvo primero que andar descalza o solo usar ese calzado plástico que le apretaba de tal manera que hizo estragos en sus pies. Sus ojos se llenaron de lágrimas al pensar que ahora, después de tantos años, podía adquirir zapatos hermosos, con aroma a calidad, pero que solo podía disfrutarlos por la vista, ya que ninguno le quedaba bien, y la vergüenza de mostrar sus pies le impedía intentar probarlos antes de comprarlos. —¡Qué pena poder adquirir las cosas cuando ya somos viejos! —solía decir a sus hijos—, cuando ya no podemos disfrutarlas. En la tienda, mientras la temperatura era cálida, las personas seguían comprando los hermosos productos, pagando con tarjetas de plástico, ignorando que, en una casa campesina, una anciana lloraba de tristeza frente al tributo a sus pies, recuerdo de la pobreza. REGIÓN LOS LAGOS

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