::174:: ANTOLOGÍA 2024 REGIÓN DE ÑUBLE Valores Juan Pablo Garrido Urrejola Primer lugar regional Pinto 71 años Domingo en la mañana, verano. La gente se arremolina en una improvisada cancha para ver la carrera entre Pichín y Jack. Es el día en que cesan las faenas del fundo, los campesinos descansan, se lavan y se afeitan al sol mirándose en un pequeño espejo. Se ponen una camisa limpia y se entretienen conversando o jugando a la rayuela corta. Hoy la entretención es una carrera entre el “quilterrier” de Tanchito y el perro del hijo del patrón. Pichín, seguramente, tiene un pariente lejano fox terrier, conserva algunas de sus características, pero es hijo de una perrita que tuvo su camada el verano pasado, debajo del galpón de la leña. Tanchito tiene doce años, es hijo del inquilino que cuida la casa del patrón y sus caballos corraleros. El niño, en realidad, se llama Prudencio del Tránsito. Como los nombres son muy largos y religiosamente rebuscados, su mamá, ingeniosamente, acortó el segundo nombre después de darle vueltas imposibles al primero, lo empezó a llamar Tanchito. En ese tiempo los niños iban a la única escuela del lugar, a cinco kilómetros del fundo. Cuando llovía llegaban empapados, el profesor los esperaba con el fuego encendido para que se secaran y les servía un jarro caliente de café de trigo, después empezaba la clase. Los cuadernos llegaban más o menos secos porque los envolvían en un pedazo de cuero y los ponían debajo de la manta. Tanchito, después que llegaba de la escuela y hacía sus tareas, se entretenía jugando con Pichín que lo esperaba cada tarde en la puerta del fundo. Le había enseñado a dar la mano, a sentarse cuando él le indicaba, y ahora, le había enseñado, con mucha paciencia, a quedarse sentado, aunque él se alejara. Debía esperar la orden para correr donde su amo. Le costó muchas privaciones, del pan de la once22, para lograr que el perro entendiera la idea. Cada vez que se quedaba quieto, mientras él se alejaba, le daba como premio un pedacito de pan. Al fin lo logró, Pichín entendió que debía quedarse estático mientras el niño se alejaba hasta que le diera la orden de correr donde él, cuando golpeara sus manos. Cada día se alejaba más y el perro ganaba su recompensa. Ese verano llegó de vacaciones el hijo del patrón, un muchacho de unos catorce años, trajo su perro, pastor alemán. El perro había mordido a varios perros del fundo, decidieron tenerlo amarrado. El muchacho, una tarde, vio a Tanchito jugando con su perro, dándole órdenes para que se sentara y diera la mano. Le dijo, riendo burlonamente: 22 Once: merienda, comida de la tarde (nota de la edición).
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