::172:: ANTOLOGÍA 2024 La radio anunciaba que los próximos días serían fríos. El padre no había tenido tiempo para juntar leña, por lo que tendría que hacerlo a la mañana siguiente, mientras su pequeña dormía. El sol aún no salía cuando el padre, desde el umbral de la habitación, vio a su pequeña dormir. Con un dolor desesperanzador, antes de partir, pensó: «A ver si no lloras esta vez». Y se marchó, sin apagar la radio. Afuera, le ordenó a Trewa quedarse para resguardar el hogar. Los árboles murmuraban al viento. La casa se lamentaba en su silencio. Un «mamá» seguido de un «papá» se escuchó desde la habitación. La niña lloraba en la cama: «¡Papá, mamá!», imploraba. Después de un rato, se calmó y bajó con torpeza de la cama y empezó a recorrer la casa en busca de sus padres. —¡Ahí ta! —decía la niña alegre, con la esperanza de que allí estuvieran. Pero la alegría se iba marchitando. Al cabo de un tiempo sintió un vació en su estómago y otro, aún más grande en su corazón. Lloró una vez más hasta ser derrotada por el sueño, pero el vacío la despertó en poco tiempo. Fue a la cocina y se encontró un pan en un cajón del mueble. Lo masticó entre llantos. Lo dejó y se fue al living a jugar con unos viejos juguetes, algunos rotos por el uso que otros dueños le dieron. En la radio comenzó a sonar Sopa de caracol. La niña dejó de lado los juguetes y bailó. El vacío desaparecía, pero al rato regresó. Regresó como el frío invierno que derrama sus lágrimas porque extraña al sol que se ha marchado. La niña, envuelta en la penumbra, cayó rendida por el miedo, los sollozos y el sueño. —Mamá… papá —susurraba. Un rayo se filtró y le dio en la carita de mejillas encendidas. De su boca entreabierta parecía que el alma escapaba. Abrió los ojos de crespas y largas pestañas. Sintió que su cuerpo temblaba. No comprendía nada. Otra vez ese vacío. Comió lo que quedaba de pan. Pero el vacío persistía. —Abua —murmuraba. No encontraba nada. El perro ladraba allá afuera. Y entonces recordó. La niña recordó que el padre le dio agua al «guau, guau». Caminó hasta la puerta: «No, hija, no haga eso», dudó. Pero terminó estirándose para abrir la puerta y salir. La música y el calor se escaparon. La niña se dirigió hacia el perro que le movió la cola y le dio unos ladridos. Ella se detuvo y con su dedo le indicó «no, no, no» y le dijo: «¡Guau, guau!». Su rostro era el de quien regañaba. Se quedó allí por un momento, miró al cielo y descubrió su inmensidad. Se sobrecogió sin saber qué sentía. «Guau», susurró con languidez. REGIÓN DEL MAULE
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