::143:: HISTORIAS CAMPESINAS REGIÓN DE COQUIMBO La Ésta Mirna Veliz Contreras Segundo lugar regional Coquimbo 63 años Tenía largos cabellos rizados, era alta, esbelta y le encantaban los libros, pero era solo la hija de la empleada del fundo, apenas terminó la primaria. La llamaban la Ésta, así no se equivocaban, entre tantas niñas que habitaban el fundo de Ripamonti en Pan de Azúcar allá por los años veinte. Pero ella tenía sueños, contaba historias y cuentos con los que entretenía y animaba a los otros trabajadores del fundo y gracias a eso la querían mucho. Leía libros que encontraba tirados en los jardines de la casona, libros que la llevaban a lugares mágicos, lejanos y que también hablaban de mujeres que ella admiraba. La Ésta crecía y desde los quince años trabajó como temporera de la cosecha de duraznos para los huesillos. A caballo se iba por los valles y quebradas hasta Rio Hurtado para cumplir los anhelos de ganar dinero y así ser dueña de su vida. Su madre le enseño a zurcir. Le decía que así una niña pobre enamoró a un príncipe, al zurcirle la capa. Ella se sabía hermosa y ese príncipe llegaría un día. También le enseñó a cocinar, por lo que poseía muchas habilidades de la labor de ser mujer, como le decía su madre. Entre sus idas y venidas, sus ojos encontraron otros que la miraban con amor y también con deseo, y la Ésta se enamoró perdidamente. Pero él era el hijo del patrón y eso estaba mal visto. Ella seguía su vida y sus quehaceres y él, que le quitaba el sueño, también se quitaba las ganas con ella. Y así nació su único hijo, fruto del amor de su vida que vino a darle felicidad y también a cambiar su vida. Ya no habría sueños porque la realidad le pegó fuerte por la mañana al mecerlo en sus brazos. Y así tuvo que dejarlo a cargo de su hermana y su madre, porque la Ésta ahora tenía que trabajar para “criar al huacho”. Esas palabras le dolían pues venían del patrón, porque tenía que guardar el secreto de que el hijo de su amor era su nieto. Y con sus pechos llenos de leche entró a trabajar en la casa patronal y amamantar los niños de la señora del fundo, los mismos niños que eran hermanos del suyo, cosa que, aunque le rompía el corazón, debía soportar callada. Y así pasaron los años y la Ésta criaba hijos ajenos y para el suyo no tenía tiempo. Y luego le llamaron la Mamá, título que la hacía sentir mejor. Y pasó a ser el ama de llaves, pero sentía dolor en todo su ser al saber que envejecería y sus sueños de una vida mejor no lograría realizarlos.
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