ANTOLOGÍA 2024

::141:: HISTORIAS CAMPESINAS REGIÓN DE ATACAMA —La micro, don Gude, ganemos asiento —insistió el colorín, ya de pie y con su ropa enrollada bajo el brazo. —¡Claro, ganemos asiento! —ladró de pronto Santander con ira, lanzando a tierra el pucho y su bolso sobaquero. La chaqueta del buzo de súbito se le había casi enrollado en el cuello, una panza prominente quedaba al descubierto de manera desafiante, y el ombligo peludo parecía reprender con mala cara al grupo de muchachos que escondían las suyas con antebrazos y pilches sucios. Volvió a escupirles la frase a los muchachos, que se habían puesto todos de pie como si de repente unos hormigones enfurecidos les hubiesen atacado las posaderas. —¡Sí, ganemos asiento! Santander había enrojecido y las sienes blancas se las comenzaba a tironear mientras daba saltitos sobre su bolso tirado en medio de la calle. Por encima de una cerca de caña, un burro se asomaba a contemplar el berrinche. Varios vecinos que aguardaban a la Flor del Valle también estiraban el cogote con asombro. —¡Sí, ganemos asiento! ¡Que nadie nos gane los asientos! ¡Pobre del que nos gane los asientos! ¡Y a mí que me importan los asientos! Fuera de sí, Gudelio Santander echó a correr calle abajo dándole de patadas a su bolso sobaquero como si dictara una clase de dominio de balón a sus jugadores. Una peineta, una pasta dental, un rollo de papel confort, una radio a pilas, las pilas y otros cachivaches se iban desprendiendo con cada puntapié que recibía el despanzurrado morral. El sol caía como un balón desmedido tras unos chañares, cuando la carrera de Santander culminó bruscamente al encontrarse de frente con La Flor del Valle que entraba rugiendo a la calle principal de Chigüínto. Como si se tratase del más rudo despeje de un central uruguayo, la silueta de Gudelio Santander regresó girando por los aires hasta el área propia, yendo a caer a los pies de sus atónitos jugadores. El impacto y la frenada del camión apagaron hasta las rancheras junto a la cancha, y un desborde de gente se venía hacia el descoyuntado Santander, quien permanecía inmóvil boca arriba. —Parece que tiene un ojo abierto —advirtió el colorín, tomándole de una mano. La noche rodó por los faldeos y abrazó al poblado mientras las ranas comenzaban su concierto desde las vegas junto al río. Sobre el hinchado pómulo derecho, Gudelio Santander había logrado entreabrir los párpados. Su pupila asomaba y brillaba apenas por encima del

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