::133:: HISTORIAS CAMPESINAS REGIÓN DE ANTOFAGASTA Seguíamos con sus curaciones diarias y con la amable ayuda de Peta y mucha paciencia sus heridas empezaron a sanar con rapidez. Hasta el día de hoy pienso que sus heridas se sanaron a través de una mezcla de agua de matico, lengüetazos de Peta, pero, sobre todo, con mucho amor. Mañungo y Peta se convirtieron en amigos inseparables. Se metían juntos a refrescarse en la piscina improvisada, se perseguían como jugando a las pilladas y a la hora de comer cada uno lo hacía en su propio plato; nunca hubo peleas ni por territorio, ni por comida. Conversamos en familia y llegamos al acuerdo de que una vez que Mañungo se recuperara bien de sus heridas y estuviese más grande y robusto, lo iríamos a dejar al mar. Así que como ensayo íbamos con Peta y mis padres a una poza pequeña del mar frente a mi casa. Allí, Peta y Mañungo disfrutaron con naturalidad, ambos se alejaban sin prisa y volvían rápidamente. Me alegró mucho verlo sobrevivir a sus heridas, con ganas de juguetear y vivir. Entré a clases y aun Mañungo estaba con nosotros y la rutina del fin de semana era llevarlo junto a Peta a la poza chica. Después de casi 4 meses de haberlo encontrado herido, Mañungo se encontraba bien recuperado, estaba muy grande, comilón y gordito, incluso creo que ya era un guapo adolescente, lleno de energía y nuevas fuerzas. Un fin de semana salimos en familia a la poza chica y Mañungo estaba muy entusiasmado, casi eufórico diría yo. Al llegar se lanzó al mar junto a Peta, juguetearon como siempre y cuando ella se cansó, decidió regresar a la arena junto a nosotros. Él se metió mar adentro y escaló una muralla pequeña, desde ahí nos miró un buen rato como despidiéndose y se lanzó a la poza grande, perdiéndose entre las olas del mar. Esperamos hasta el anochecer, pero Mañungo no volvió. Regresamos a casa con un sentimiento de pena y satisfacción. La que más sufría era Peta, pues la pena le embargaba entera. A veces me parece verlo cuando salimos a pasear con Peta, ella se inquieta al verlo porque es cómo si nos visitara a diario desplazándose entre huiros y rocas. Un fin de semana apareció con una manada de chungungos. Sentí en mi corazón que vino a presentarnos a su familia, pues eran dos chungungos grandes y dos chicos. A diario venía acompañado hasta que un día los vi irse, tal vez cerca de mis rocas para que siguiéramos viéndonos de alguna manera. Lo cierto es que han pasado muchos años y quiero pensar que de vez en cuando entre rocas y huiros aparecerá reflejado en alguno de sus hijos. El tiempo pasa indiscutiblemente, pero su presencia de alguna forma se me hace presente. Primero, cuando entré a la Universidad Técnica del Estado, los de la Universidad de Chile nos decían: “Los Chungungos”. Después, mis padres vendieron la casa y se fueron a otra población más central en la calle Los Chungungos. Para rematar, mi antigua casa frente al mar se transformó en un pub restaurant, llamado Don Mañungo. Parece increíble, pero es cierto. Al parecer nuestra buena obra se perpetuó sin querer queriendo. Cada vez que me acuerdo, se me vuelve a apretar el corazón. Este maravilloso chungungo o nutria del mar vive entre nosotros y de nosotros depende que los hijos de nuestros hijos puedan llegar a conocerlos y sobre todo a respetarlos con amor.
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