180 Decimas para una nación Prólogo Esta es la historia de un barrio. Un barrio hecho diariamente por los propios vecinos, a punta de martillazos, con la ayuda de parientes, de la señora y hasta los cabros chicos, para celebrar en grande cuando aparece la bandera blanca en lo más alto de los tijerales. Un barrio de gesto antiguo. Mientras en nuestras ciudades reaparecen los tristemente famosos guetos para confinar a los sucios, malos y feos, Lomas abre sus calles democráticas a todos sus hijos. Los propios, los reconocidos, los adoptados. Mientras aparecen barrios ordenaditos, con accesos rigurosamente controlados, con calles desoladamente solitarias, donde solamente entran las nanas en las mañanas vigiladas por la estricta mirada de un guardia impecablemente uniformado, Lomas se llena de bullicio por la risa de niños que son felices como pájaros. Triste realidad de nuestras ciudades escindidas, donde aquí están los buenos, y allá los malos, aquí los que defendemos lo nuestro, allá los que roban, aquí los que cuidamos las buenas costumbres, allá los que nos amenazan, aquí los blancos, allá los negros, aquí, en suma, nosotros, allá, ellos, los otros. Los guetos nacieron en Europa hace cerca de quinientos años por la intolerancia religiosa. Solían estar rodeados de grandes murallas y sus puertas se cerraban al anochecer. Son eliminados en tiempos de la Revolución Francesa. Hitler los recrea en los países ocupados en su política de exterminio. Hoy reviven para mitigar los miedos personales, para buscar seguridad en una sociedad que vive en la desconfianza, para superar el temor a ser uno más de los excluidos. Triste realidad de nuestros días. Pero aquí está Lomas, con todas sus puertas y ventanas abiertas, con el aire fresco y sus verdes arboledas, cantando y contando su historia.
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