ANTOLOGIA 2025

::73:: ME LO CONTARON MIS ABUELITOS MONTAÑAS CAMINANTES Alondra Aguilera Segundo lugar regional Pinto 12 años Ahí en el corazón de Las Trancas, un lugar donde los Andes se alzan majestuosos vivía Anaís. No era una niña cualquiera: Anaís era la curiosidad personificada, una coleccionista de historias y una enamorada de las leyendas que sus abuelos le contaban. Cada visita a su casa era una oportunidad para sumergirse en los relatos ancestrales, y siempre, sin falta, les pedía más. Una tarde, mientras el sol teñía de naranja las cumbres nevadas, su abuelo le compartió una leyenda que la dejó sin aliento: —Hace muchos años —comenzó él con su voz suave y profunda— se decía que las montañas de Las Trancas cobraban vida al caer la noche. Sí, Anaís, caminaban. Pero no cualquiera podía verlas. Solo elegían a ciertas personas, a quienes tenían un corazón puro y un alma curiosa, para presenciar su andar silencioso. Anaís no lo podía creer. Sus ojos se abrieron como platos y su imaginación voló. ¡Montañas que caminaban! ¡Qué maravilla! El abuelo le explicó que solo se veían de noche, bajo el manto estrellado. La idea la obsesionó. Desde ese momento, el día se le hizo eterno mientras esperaba la llegada de la oscuridad. Por fin, la noche se cernió sobre Las Trancas. Anaís, llena de una emoción que le hacía cosquillas en el estómago, se acurrucó junto a la ventana de su habitación. Se prometió no dormir, no perderse ni un solo instante de lo que esperaba ver. Miró y miró, pero el tiempo pasaba lento y sus párpados comenzaban a pesarle. Estaba a punto de rendirse, a punto de caer en un sueño profundo, cuando de repente sucedió. Un leve temblor recorrió la tierra. Anaís se frotó los ojos, incrédula. Lo que vio la dejó sin habla. Las montañas nevadas, aquellas que parecían inmóviles centinelas del valle, comenzaron a moverse. Lentamente, con una gracia etérea, se deslizaban por el paisaje. La nieve que las cubría brillaba con una luz interna, un resplandor plateado que las hacía parecer joyas gigantes bajo la luna. Eran preciosas, majestuosas, y caminaban. Anaís no podía creerlo. Una de las montañas, la más cercana a su ventana, se detuvo y en lo que pareció un suave susurro del viento, la "saludó". Con el corazón latiéndole a mil por hora, Anaís, con una voz apenas audible, respondió: —¡Hola! La noche fue un sueño, un ballet silencioso de gigantes de piedra y nieve. Anaís las observó hipnotizada hasta que los primeros rayos del amanecer comenzaron a pintar el cielo de rosa y dorado. Lentamente, las montañas se unieron de nuevo, cada una regresando a su lugar, como si nunca se hubieran movido. La magia se desvaneció tan sutilmente como había aparecido. REGIÓN DE ÑUBLE

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