::71:: ME LO CONTARON MIS ABUELITOS LOS OJOS ROJOS Elena Bello Espejo Primer lugar regional Coelemu 13 años Una noche oscura y helada, por los lados de Vegas de Itata, el señor Pedro regresaba a su hogar luego de una ardua jornada de trabajo en los sembradíos de papas y porotos. Avanzaba sobre su carreta por aquellos caminos solitarios, donde el sonido de las ruedas y los pasos de los bueyes retumbaban en el silencio de la noche. El viento se colaba entre los árboles y las hojas crujían a su alrededor. De pronto, sintió cerca la presencia de un animal pequeño, pero no vio nada. Así que siguió su camino a casa con tranquilidad. De un momento a otro, una sombra negra se cruzó por el camino de los bueyes, haciendo que estos se sobresaltaran y comenzaran a correr, lo que provocó que don Pedro cayera al suelo. La oscuridad de la noche hizo que los bueyes se perdieran entre la bruma de la niebla. Don Pedro se levantó del suelo, su corazón parecía que se le iba a salir del pecho. Observó a su alrededor, pero no había nada. Siguió su camino, aunque con cada paso que daba, más cerca sentía aquella extraña presencia. Era como si algo posara sus ojos sobre él, oculto entre las ramas del frondoso bosque que rodeaba el camino. De pronto, escuchó un extraño sonido: era un silbido que parecía provenir de todos lados al mismo tiempo. Pedro observó con ojos de temor, mientras sentía que la piel se le erizaba del susto. A su memoria vinieron las historias que le contaba su abuelo cuando él era un niño: “Cuando escuches un silbido en la noche, no mires hacia atrás. Puede ser el alma en pena de los ojos rojos”. Esta vez, la sombra volvió a cruzar el camino, tan rápido que apenas alcanzó a distinguir dos ojos rojos brillando en la oscuridad. Don Pedro corrió lo más rápido que pudo, sus piernas se sentían pesadas por el frío del lugar. Hasta que llegó a un claro. Allí estaban sus bueyes, impávidos y con la mirada fija en algo que se movía entre los matorrales. Él comenzó a llamarlos: —¡Trigueño, Canelo! ¡Vamos pa’ la casa! Los animales no reaccionaban. Fue entonces cuando un lamento profundo se escuchó detrás de él. Pedro, envuelto en un escalofrío, giró lentamente, y vio algo que jamás olvidaría. Entre la niebla flotaba una figura muy extraña: era una cabeza humana con grandes orejas en forma de alas, que aleteaban con un sonido espeluznante. Sus ojos brillaban como brasas encendidas. REGIÓN DE ÑUBLE
RkJQdWJsaXNoZXIy MjA1NTIy