::41:: ME LO CONTARON MIS ABUELITOS LA ESCALERA DEL DIABLO Mila Yurac Waltemath Primer lugar regional Antofagasta 13 años En el pueblo Hierro Viejo, ubicado en el valle del río Petorca, hace muchos años atrás ocurrió una perturbadora historia que sigue viva en las memorias de sus habitantes. Mi abuelito Papín solía contar que ese pueblo era muy alegre, ya que se celebraban fiestas nocturnas casi todas las semanas. Ahí todos los habitantes se conocían y se llevaban bien. El pueblo era pequeño, rodeado de cerros y de tradición minera. Una noche cualquiera, en una de las fiestas se apareció un forastero. Estaba muy bien vestido, tenía un traje negro, espuelas de plata y sombrero. Se veía muy alto y delgado, por lo que atrajo muchas miradas. La dueña de casa, doña María, lo invitó a participar del baile y él aceptó gustosamente. El forastero era muy buen bailarín y todas las damas quisieron bailar una pieza con él. Esto generó disgusto en algunos de los hombres presentes, que veían como sus mujeres estaban embelesadas con los movimientos de ese aparecido. Los lugareños cada vez más enojados se empezaron a reunir porque el extraño les coqueteaba a sus mujeres e idearon como ahuyentarlo de la fiesta. Lo llamaron y lo retaron a un juego de apuestas, el cual aceptó. El plan salió mal. Uno a uno, fueron perdiendo todo su dinero y su dignidad ante el intruso. Los hombres enfurecidos se enfrentaron a él reclamándole que ganó el juego usando malas artes. —¡Eres un tramposo! —¡Devuélveme mi dinero! —¡No te irás de aquí hasta que lo hagas! —decían algunos. El forastero soltó una fuerte y larga carcajada, burlándose en sus caras por haberlos engañado. De pronto una espesa niebla invadió el lugar, provocando estremecimiento entre los pobladores. Junto con la niebla y la sensación de temor que experimentaron aquellos hombres, la figura del extraño se empezó a desvanecer en la oscuridad. Fue entonces que un hombre dijo: —¡Huele a azufre! ¡Es el diablo! — ¡No puede ser, el mandinga estuvo aquí! —¡Debemos atraparlo y matarlo! —decían los lugareños. Rápidamente, les dijeron a las mujeres que se resguardaran en la capilla, mientras ellos fueron a buscar toda clase de armas para confrontarlo y antorchas para buscarlo en la penumbra. Luego se dirigieron al cerro, donde aún se oía su risa perversa mientras escalaba oculto en la ennegrecida noche. Los hombres, que eran muy diestros por esos cerros, casi le dieron alcance. REGIÓN DE ANTOFAGASTA
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