::39:: ME LO CONTARON MIS ABUELITOS Caminó, caminó y caminó. Mientras avanzaba decidió matar el aburrimiento contando sus pasos. Contaba mil, dos mil, tres mil, cuatro mil, cinco mil…, hasta que se agotó. Tomó un poco de agua y se acostó en medio de la nada rogando que diosito lo protegiera. Tuvo que abrigarse mucho con su polerón pues hacía mucho frío. Al día siguiente continuó la caminata. Dio los diez mil pasos. Había pasado algunos pueblos donde lo ayudaban y le daban comida. Cada vez le faltaba menos camino por recorrer. Siguió caminando y contando sus pasos hasta que llegó a los quince mil. Decidió empezar a correr a pesar de que estaba muy cansado. Llegó a los veinte mil, veinticinco mil y ya no pudo más. Volvió a buscar un lugar para pasar la noche. Estaba exhausto. Cuando despertó, Víctor sintió que le quemaban sus pies. Apenas podía caminar, le dolían mucho. Intentó varias veces caminar, pero no pudo, así que decidió descansar. Se durmió tan profundamente que despertó al día siguiente. Se dio cuenta que ya no le dolían tanto los pies, así que siguió corriendo. Llegó a los cuarenta mil, cincuenta mil, sesenta mil y ya no pudo más. Había tomado mucha agua y comido bastante. Así que se tiró a dormir. Al día siguiente, se levantó con el dolor al que ya se había acostumbrado, así que siguió caminando. Llegó a los ochenta mil pasos, después noventa mil, hasta que logró llegar por fin a Santiago. Víctor se dijo asimismo que fueron los cien mil pasos al infierno pues pasó por mucho dolor y frío buscando a su madre a la cual todavía no encontraba. En la ciudad de Santiago preguntó y preguntó a muchas personas por su madre, hasta que alguien le dijo que estaba en la cárcel. Él logró llegar hasta donde ella estaba. Al verla, ambos lloraron, se abrazaron y juraron nunca más separarse. REGIÓN DE TARAPACÁ
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