ANTOLOGIA 2025

::159:: HISTORIAS CAMPESINAS ÁNGELES DE CUASIMODO Carolina Canto Alarcón Primer lugar regional Colina 50 años Un cuento para niños sobre fe, amor y patrimonio cultural en Santa Filomena, Colina. Cada año, el domingo siguiente a Pascua de Resurrección, la familia Ortiz se despertaba con los primeros rayos del sol. Desde tiempos tan remotos que la memoria apenas alcanza, el apellido Ortiz era sinónimo de tradición cuasimodista en el sector de Santa Filomena, Colina. Gabriel, un niño de ojos curiosos y dulce sonrisa, esperaba ese momento con el corazón palpitando de emoción. Ese año, por fin, podría cabalgar junto a su tata, don Domingo Segundo Ortiz Moreno, uno de los cuasimodistas más antiguos y queridos de la comuna. —¿Estás listo, mi niño? —le preguntó don Domingo con voz suave, mientras le pasaba una esclavina blanca, adornada con una cruz de lentejuelas doradas, bordada a mano. —¡Más que listo, tata! —respondió Gabriel, abrazando la capa con fuerza, como si fuera su mayor tesoro. En el patio, los vecinos ya estaban reunidos. El grupo de cuasimodistas de Santa Filomena se preparaba con sus impecables esclavinas y pañuelos, junto a banderas chilenas que ondeaban con orgullo. Ajustaban las riendas y las monturas de sus caballos, que relinchaban suavemente, como si también supieran que ese día era especial. El padre Ignacio, ya listo sobre el tradicional carruaje adornado con flores y cintas, lideraría la caravana. A su lado iban los niños acólitos, con sus campanitas y sonrisas. Detrás seguían todas las agrupaciones cuasimodistas de la comuna de Colina, con el alma llena de fe y alegría. —Hoy llevaremos a Jesús a quienes no pueden venir a la iglesia —explicó el padre Ignacio a los niños—. Vamos a visitar a los enfermos y a los abuelitos que nos esperan con tanto cariño. Gabriel montó a Papayero, su pequeño y dócil caballo de crines suaves, y partió junto a su tata, quien lo acompañaba montado en su potro Valle Largo. El Tata miraba a su nieto Gabriel con orgullo y alegría al compartir esta tradición familiar. No importaban el calor ni el polvo que levantaban los caballos al acelerar su galope para llegar a cada hogar que los esperaba con ansias. En cada casa que visitaban, un grupo de cuasimodistas bajaba corriendo, formando un arco con sus banderas chilenas para proteger al sacerdote, quien descendía del carruaje para entregar al “santísimo sacramentado”. REGIÓN METROPOLITANA

RkJQdWJsaXNoZXIy MjA1NTIy