ANTOLOGIA 2025

::113:: HISTORIAS CAMPESINAS PREMIOS NACIONALES Muchos maridos tuvo Amancai durante su mágica y lozana existencia. Todos murieron de viejos y con el asombro de haber vivido con una mujer siempre joven, sin hijos e inmersos en un ambiente siempre enigmático. Algunos de ellos acudieron a los laykas más certeros para saber qué mágicos poderes tenía su esposa, pero cada hechicero, con claro temor, nada más respondía: —No lo sé, son cosas del viejo Waita Wanka. No debo meterme en sus asuntos... El actual marido de Amancai es Tikona, uno de los lanceros que la acompañaron durante varios años. Se enamoraron en una de sus caminatas de luna llena, y al poco tiempo se casaron y formaron un hogar que, negado de prole, no satisfizo los anhelos familiares del esposo de turno. Al cabo de unos veinte años de matrimonio, Tikona, ya bastante maduro, ha dejado su labor de guardia lancero e iniciado su definitiva etapa de descanso. Pero también ha decidido descubrir el secreto de la permanente juventud de su esposa. Así, pues, el hombre, tras indagar sin resultado, se ha sometido a largas reflexiones, ya lógicas, ya no tanto. Ha sido durante un duermevelas cuando una llamativa respuesta se ha asomado a su mente: ¡la fuente de Jurasi!... Entonces el hombre, a escondidas de su mujer, se ha bañado en la fuente embrujada, volviendo a ser joven. Por supuesto que Amancai, adivinando la acción de su esposo, se siente burlada, y enfurecida ante la pérdida del secreto que durante un centenar de años fue solo de ella, es impulsada a la venganza y castigo contra su ahora joven consorte. Cuando el hombre finge un viaje al valle de Lluta, Amancai se disfraza de modesta labriega y se dirige de prisa y sin compañía a Jurasi, donde ordena a los guardias dejarla sola al cuidado de la vertiente, y que vuelvan al terminar la tarde. Al cabo de un largo rato llega Ticona, descansa brevemente y se introduce en las aguas milagrosas. No bien así sucede cuando Amancai, saliendo de su escondite y encendida en furia demencial, grita el maléfico conjuro: —¡Jurasi!... ¡Jurasi!... Ante el cósmico hechizo de la palabra, las aguas de la fuente empiezan a hervir y Ticona muere horriblemente quemado. Mientras tanto algo inusual ocurre en aquel rincón quebradeño: mientras el sol se esconde tras nubarrones de luto, el roquerío circundante viste de tonos grises y fantasmales, flautines del arroyo tornan en quejumbres sus alegres melodías, languidece el verdor de molles y sauces, y el familiar coloquio de torcazas es acallado por un negro lamentar del pájaro pichirria. Es, sin duda, la pachamama en trance de angustia. Anochece cuando regresan los guardias. Con dificultad rescatan el cadáver de las aguas aún hirvientes. Amancai no está, la buscan afanosamente a gritos y no la encuentran. Piensan que retornó a Putire, turbada por la muerte de su esposo y por aquel cadáver que yace tras una roca. Es el arrugado cuerpo de una ancianita cargada de muchos, muchísimos años.

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