ANTOLOGÍA 2024

::27:: ME LO CONTARON MIS ABUELITOS El círculo de Azapa Sebastián Altamirano Leiva Primer lugar regional Arica 14 años Había una vez un valle mágico llamado Azapa, situado al norte de Chile, en la Región de Arica y Parinacota. Sus tierras eran tan fértiles que parecían acariciar las raíces de las plantas con cariño. En este rincón del mundo, la guayaba, la aceituna, el mango y el plátano crecían en armonía, como una melodía de sabores y colores. En el corazón del valle se alzaba el Cerro Sagrado, custodiado por geoglifos que parecían murmullos de antiguas civilizaciones. Los habitantes de Azapa cuidaban estos tesoros arqueológicos con devoción, pues allí se contaba la historia de más de diez mil años. Las momias más antiguas del mundo reposaban en el Museo Arqueológico y Antropológico de San Miguel de Azapa, un lugar donde el tiempo paraba para revelar sus secretos. Un día, un joven llamado Nicolás decidió explorar los túmulos del valle. Siguió los caminos marcados por los geoglifos de Atoka, que representaban caravanas de llamas y comerciantes danzantes. Nicolás se adentró en la pampa Alto Ramírez, donde los geoglifos tenían al menos seiscientos años de historia. Allí, sintió la presencia de los antiguos habitantes y se maravilló ante la grandeza de su legado. En su travesía, Nicolás llegó al mirador Las Llosyas, desde donde contempló los cultivos del valle extendiéndose como un tapiz verde. Las aldeas prehispánicas, datadas entre el 1000 y el 300 a.C., parecían susurrar historias de sociedades que vivieron en armonía con la naturaleza. Pero el mayor enigma aguardaba en el Pucará de San Lorenzo, una aldea defensiva en ruinas. Nicolás imaginó a los antiguos habitantes construyendo terrazas sobre el río San José, protegiéndose de los vientos y las adversidades. ¿Qué sueños habrían tejido en esas paredes de caña? Así, Nicolás se convirtió en un guardián del valle, un narrador de sus leyendas y un amante de sus frutos. Cada vez que el sol se ocultaba tras el Cerro Sagrado, él cerraba los ojos y escuchaba los ecos del pasado. En Azapa, el tiempo no era lineal; era un círculo que unía a las generaciones, como las ramas de un árbol que se entrelazan. Y así, el cuento de Azapa se tejía con hilos de historia, geoglifos y sabores ancestrales. En cada fruto, en cada piedra, en cada mirada al horizonte, el valle revelaba su magia a quienes tenían el corazón abierto para escuchar. REGIÓN DE ARICA Y PARINACOTA

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