::19:: ME LO CONTARON MIS ABUELITOS vestirnos, comportarnos o resignarnos a esperar al príncipe azul que viniera a rescatarnos, por lo tanto, me puse dramática cuando llegaron los delincuentes, implorando ayuda, piedad, entre otras cosas. Ellos, confiados, se burlaban de mí y me decían: —Uy ¿la nenita está asustadita? —se reían—. Llama a tu príncipe, para que te salve de esta. Yo, fingiendo que iba a hacerlo, di una afirmación asustada. Al rato estaban tan distraídos que les grité desconcertándolos: —¡Ayuda por favor! Ellos, bañados en cólera, me atacaron y, sin embargo, los palanqueé y derribé. Al final, me rogaron que los dejara en paz, me pidieron disculpas, pero de igual forma los golpeé, se lo merecían, por aprovechadores. Ese día me fui feliz, sabiendo que logré defenderme yo sola de unos ladrones pervertidos en medio de la nada, solamente tenía a mi fiel caballo de acompañante, tan cariñoso, valiente, que se adapta a su ambiente, agresivo cuando siente que hay peligro, de un color azabache, tan bello, que reluce en el atardecer, una piel tan suave como el algodón, mi gran compañero de travesías. Nunca imaginé que viviría tantas aventuras con él. Meses después de recorrer y conocer los hermosos valles campestres, tomé la decisión de ir a la gran ciudad para enlistarme como cantinera del Ejército de Chile. Llegando a la capital, noté que el ambiente era completamente diferente, yo era la única que andaba a caballo, todos los demás andaban en carretas, aunque gracias a los caballos, claramente. Todos me miraban de una manera un tanto extraña por mi forma de vestir; estaba ocupando pantalones y no tenía el pelo tomado, ni un vestido, ni tomate como las “señoritas”. Pero la verdad de las cosas es que no le tomé importancia, no era de mi interés la opinión de los demás ya que había venido con el propósito de enlistarme como cantinera y participar de la guerra que pronto se avecinaría. Días después fui a postularme y no me pusieron problemas porque había pocas mujeres valientes, rudas, pero por sobre todo que se adaptaran a diversas situaciones. Salí emocionada de la oficina pues, por fin, cumpliría mi último objetivo, por lo tanto, mi visita a la gran ciudad se tuvo que ampliar. Al siguiente mes, comenzaron los entrenamientos para la guerra que se aproximaba —la Guerra del Pacífico, un conflicto bélico entre Perú y Bolivia— que se basaban netamente en habilidades de supervivencia y curativas, aunque yo en todas las instancias entraba en discusión con mis superiores porque quería aprender a hacer uso de las armas, pero ellos se negaban pues supuestamente no estaba preparada como mujer para portar armas de tal envergadura. Nunca acepté un “no” como respuesta, de tal manera que se aburrieron tanto, que terminaron accediendo solo para burlarse y contemplar como realizaba un mal uso de las armas. PREMIOS NACIONALES
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