ANTOLOGÍA 2024

::125:: HISTORIAS CAMPESINAS REGIÓN DE TARAPACÁ Ante el desespero, el joven escafandra arremetió contra la marea para llegar seguro al puerto de Hornopirén, pero las agitadas aguas decretaban entre Ayacara y Mechuque, como queriendo dirigir el destino por las caprichosas olas oscilantes entre los extremos de la vida y la muerte. Pronto, el océano cobraría la demorada deuda: la vida de un pescador. Nunca se entendió por qué el mar lo traicionó de esa manera ¿Acaso fue el tributo exigido por el oficio marino? Sin embargo, la rutina era simple y respetuosa, siempre eran tres marinos en el acto de sacar el producto: uno se encargaba de usar el buzo escafandra y sumergirse en las profundidades, el otro, maniobraba la chalupa; cuando faltaba el aire, tiraba tres veces de una cuerda amarrada de su cintura a la embarcación, para que el asistente diera un bombeo extra a la chalupa. El marino restante atendía al buzo subiendo y bajando mediante la misma cuerda el canastillo de alambre cargado de cholgas, almejas y choritos, para finalmente repartir la ganancia entre los tres. Al parecer, dicha ganancia que siempre se le arrebataba al mar, era el cobro anual unitario. Dentro del mar se encontraba lo más importante de su existencia: su esposa, la escafandra y su chalupa. Sin saber si la elocuencia llegaba desde la desesperación o la experiencia, convenció a su mujer de hacer uso de la escafandra pues, si permanecían los dos en la embarcación, llegaría antes la tragedia. Conocía el ritual del vestir: primero los entretejidos y el buzo de tela importada. Se ajustó el casco escafandra como una coronación, sellado en el collarín con las mariposas de bronce al cuello de su esposa. Y así, como apremian los momentos cruciales de la vida, la joven escafandra se lanzó al lecho marino con la fe puesta en las instrucciones de su esposo: —¡No hay que ir en contra de la corriente, debemos ser guiados por ella! —Exclamó con desesperación. Al entrar en las profundidades, la joven escafandra ya no sentía el azote de la embarcación, sino más bien la protección amniótica de una profundidad atemporal. Encontrándose conectada mediante una oxigenada manguera, el dedo del destino le revelaba el artificio de un cordón umbilical. Cada paso lento que ella daba en el fondo marino era un gran tramo en la superficie. Cuando faltaba el aire, se auxiliaba de la señal. Mientras tanto, en la superficie, al joven esposo hacía todo para mantenerse a flote. Los remos fueron los brazos que acomodaban la embarcación entre los vericuetos del mar; también se anclaba intermitentemente a la chalupa, sobre todo cuando la cuerda chicoteaba tres veces y cada giro a las volantes era un profundo respirar por dos. Con cada abrazada se acercaban más a la orilla, pero la joven rompió fuente. Este acto de incontinencia era como una ofrenda al mar. En cada zancada no podía evitar pujar. Los peces la visitaban curiosos en el momento inevitable de dar a luz y en la quinta pujada pudo sentir alivio, solo faltaba una quincena de pasos para llegar a la orilla. Cuando llegó a destino su esposo recogió la cuerda como lo haría un asistente de buzo, subiendo a la joven escafandra desde las profundidades.

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