::109:: HISTORIAS CAMPESINAS El orgullo de ser lakita Loreto Fernández Leiva Premio especial pueblos originarios Región de Tarapacá Iquique 50 años Su nombre era Juan de Dios, un octogenario que quizás bordeaba los 90 años. “Nunca pierde una oportunidad para tocar su zampoña”, decían entre risas en el pueblo, pues andaba con ella siempre bajo el poncho. Este otoño había pedido a una de sus hijas que tejiera un nuevo diseño para adornarla. Algunos de los lakitas que venían de Sipiza, y La Tirana, traían engalanadas sus zampoñas, bombos, cajas, platillos con diversidad de colores, y don Juan de Dios no podía ser menos. Aquel día de junio tenía un encanto especial. Tomó su poncho y su sombrero y salió muy temprano de su casa. Recién aclaraba el día y la madrugada estaba bien helada. Para cualquier foráneo sería un desafío transitar a 3000 metros de altura, pero no para don Juan de Dios, para quien el desafío sería vivir lejos de Sotoca. Miró a su alrededor, aún quedaba el vestigio de algunas casas con techos de paja construidas con piedra volcánica. Recordó aquella época en la que vivía con su madre, y se preparaban cada año para celebrar todas las fiestas religiosas, especialmente la fiesta de San Pedro y San Pablo. Parecía que veía a su madre entre las casas pastoreando las llamitas y gritando, casi cantando, a todo pulmón en la quebrada: ¡Juan, no te quedes atrás, apúrate, hijo! Para él, se oía como una melodía la voz poderosa de su madre; mostraba un poco de su carácter enérgico, que no limitaba la ternura con que cuidaba de Juan para que no se alejara de su vista. Sabía que algunas madres habían vivido la desgracia de perder a sus hijos en el altiplano mientras pastoreaban. Evocaba que esa tarde su madre estaba distinta, más alegre, era 29 de junio, celebraban a San Pedro y San Pablo, llevaba puesto un vestido nuevo y un aguayo, que, según Juan, era el más bonito que jamás había visto. Junto a los abuelos, tías, tíos y primos adornaron con banderines de colores las calles de Sotoca. Se preparaban para recibir a las visitas que venían desde pueblos aledaños y una comparsa de lakitas. Para Juan de Dios era una experiencia nueva, anhelaba conocer a los músicos y aprender sobre la tradición. Pronto comenzaron a llegar los invitados. Juan corría de un lado para otro, era el encargado de ofrecer papas asadas y maíz a los concurrentes. De repente llegó la banda de lakitas anunciando su entrada con sus instrumentos. Juan quería ser parte de los músicos, dejó a un lado las ollas con alimentos y comenzó a correr tras ellos, simulando que tocaba un instrumento musical. Su madre le PREMIOS NACIONALES Escucha este cuento aquí
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