::107:: HISTORIAS CAMPESINAS PREMIOS NACIONALES Pasaron algunos años y la pérdida sistemática de animales seguía sin explicación. La desazón justificada del campero también persistía, pues nunca hubo avances en la investigación de policías y Carabineros. Migración tampoco pudo dar con las personas que usaban el Paso de los Chanchos para cruzar la frontera de manera ilegal. En la Tapera, pese a ser una villa pequeña de no más de cincuenta casas, una escuela y una posta de salud rural, hay un lugar conocido por todos como La Rancha de doña Rosita Hernández. Es un negocio clandestino que no tiene permiso para funcionar. Sin embargo, todos lo conocen y en las tardes los hombres de campo que vuelven de sus faenas van a conversar, tomar un tinto y jugar al truco si se da la mano. El truco es un juego de naipes tradicional del sur de Chile y Argentina, es un juego de apuestas y se desafía en versos. Una tarde de julio, cuando el frío campeaba a sus anchas, llegó un baqueano con su tradicional poncho corto y rodilleras de jabalí al famoso negocio clandestino y pidió que le calentaran el tinto para esquivar el frío. En eso estaba la dueña de La Rancha, cuando entraron dos carabineros de civil a tomar también un vinito y a comer unas tortas fritas que preparaba doña Rosa. Esta situación no era extraña, los carabineros sabían del negocio clandestino, pero lo dejaban funcionar debido a la lejanía y aislamiento de La Tapera, siempre y cuando todo anduviera tranquilo. Era un acuerdo tácito que todos respetaban para no estropear el negocio de doña Rosita. Entrada la noche, el baqueano tiró un desafío a los presentes: ¡Porque me falta la guita un truquito ando buscando porque afuera penan las almas y aquí la están regalando! Uno de los carabineros era ducho jugando al truco y aceptó el desafío: Si guita le falta amigo… A mí me falta el ejercicio, ponga las cartas en la mesa y yo al tiro le hago juicio. Se juntaron todos los presentes alrededor de una mesa y los dos truqueros se dispusieron a jugar. Un partido de doce puntos malos y doce puntos buenos. La apuesta: diez mil pesos por cabeza en cada partido. Luego de más versos y más vino, se jugó otra mano y otra más. El carabinero había ganado todas las partidas y ya no le quedaba plata al baqueano.
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